Un viernes de mayo de 2018, Matías fue a buscar a Bianca, su novia, hasta Arrecifes. Ese día, él había leído en Internet unos artículos sobre hidroponía, ese sistema de cultivo en donde las plantas se desarrollan en agua. Matias, aprovechó los 15 kilómetros que separan Viña de Arrecifes para contarle a ella toda la información que había encontrado. Pero esos escasos 20 minutos no fueron suficientes para debatir el fascinante mundo de la hidroponía.

Cuando llegaron a Viña, Bianca y Matías se quedaron una hora hablando sobre la incipiente búsqueda. Se preguntaron: “¿Qué queremos para nosotros?”. Se miraron y se contestaron: “Vamos a emprender algo”.

Y así surgió la idea de armar un proyecto que los uniera aún más como pareja; pensando en el futuro llegaron a la conclusión que la hidroponía era un hilo conductor en sus vidas. “En esa charla nos dimos cuenta que los dos teníamos muchas ganas de emprender. Y que en la hidroponía confluyen nuestras pasiones: yo amo las plantas y él ama pensar y desarrollar proyectos. Eso nos facilitó todo lo demás”, dice Bianca.

En esa noche de otoño nació Raíces de Viña, un emprendimiento que empezó en 56 metros cuadrados y que hoy se expandió a un vivero de 210 metros en donde producen distintos tipos de hortalizas de hojas, libres de pesticidas. Bianca y Matías le dedican tiempo completo a su proyecto.

“Viña es un pueblo muy trabajador, solidario y unido. Nos sentimos identificados con los valores de nuestro pueblo: todos nos ayudaron y nos dieron una mano para poder crecer. Nosotros lo amamos, por eso elegimos llevar su nombre en nuestro emprendimiento. Viña nos formó para la vida: aprendimos el sentido de comunidad”, cuentan.

Cuánto más leían de hidroponía, más les apasionaba. Matías y Bianca decidieron zambullirse de lleno en el sistema. Luego de la charla fueron a hablar con Osvaldo y Mercedes, los abuelos de Matías, para preguntarles si podían prestarles un pedazo de jardín para montar el vivero. “Les tuvimos que explicar de qué se trataba el emprendimiento. Pero enseguida aceptaron. A ellos les cambió la vida tenernos todos los días. Con cada charla que tuvimos con los abuelos, crecimos”, dicen.

Para armar el primer vivero piloto buscaron información en Internet y con la ayuda de toda la familia lograron montar la primera estructura. En ese espacio llevaron a la práctica todos sus conocimientos. A prueba y error fueron aprendiendo a crecer y escalar en el emprendimiento.

“No existe un manual de la hidroponía, se basa mucho en la experiencia propia. Cada cultivo tiene su manejo. Siempre le buscamos el camino que queremos. Desde el inicio nuestra filosofía fue producir algo que hiciera bien, por eso nunca aplicamos químicos a las plantas. Usamos bioinsumos y productos orgánicos. En la hidroponía hay un uso más eficiente del agua. Nosotros manejamos los valores nutricionales de las plantas”, dice Matías.

Cuando los vecinos de Viña, ese pueblo de 500 habitantes ubicado en la Provincia de Buenos Aires, se enteraron que en la casa de Osvaldo y Mercedes, Bianca y Matías, comenzaría un emprendimiento, se involucraron para ayudarlos. Raíces de Viña fue un acontecimiento: para muchos fue la primera vez que escucharon la palabra hidroponía. De vez en cuando algún vecino visitaba el vivero para saber de qué se trataba el proyecto y poder entender el sistema: les generaba curiosidad que las plantas no estuviesen en la tierra, sino creciendo en agua.

Hasta que aprendieron a manejar el sistema, tuvieron que sortear plagas que azotaron a las plantas. Como no aplicaban ningún agroquímico, al principio sacaban a mano bichito por bichito. La primera planta que cosecharon fue una lechuga. Como si fuesen dos niños mirando a un mago en pleno truco, así observaban los detalles de las hojas inmensas y verdes, la raíz larguísima. El hecho fue tan extraordinario que se juntaron las dos familias a comer y la anfitriona fue la ensalada de lechuga de Raíces de Viña.

Matías y Bianca son novios desde hace ocho años. Los dos nacieron y se criaron en Viña. Pero las vueltas de la vida hicieron que se conocieran de casualidad por un amigo en común. Matías estudió Seguridad e Higiene y Bianca Trabajo Social, ambos en Pergamino. Cuando terminaron de estudiar se dieron cuenta que las carreras no eran lo que esperaban, sumado a la falta de trabajo en la zona. Por eso decidieron que lo mejor sería emprender algo juntos: “Queríamos emprender un proyecto de vida. En mi caso, desde hace muchos años quería armar algún proyecto pero no sabía qué emprendimiento comenzar”, dice Matías.

Bianca aprendió a cuidar las plantas mirando a su mamá Hilda. En las recorridas por el jardín admiraban el crecimiento de los brotes, sacaban algún que otro yuyo y cortaban algún pimpollo para el florero. Su paso por la carrera de trabajo social, le enseñó a relacionarse mejor con las personas y generar vínculos nuevos.

Matías creció mirando a su abuelo Osvaldo trabajando en la carpintería. Un emprendimiento familiar que pasó de generación en generación. De su papá, Omar heredó la pasión por la tecnología. Creció valorando lo importante que es ser emprendedor. En su formación académica sumó herramientas técnicas de finanzas, marketing y seguridad en las prácticas laborales. “En Raíces de Viña volcamos todos nuestros saberes: el amor por las plantas, aplicar tecnología en el desarrollo productivo, tener un buen equilibrio de las finanzas y una buena relación con los clientes”, dicen.

Raíces de Viña es un emprendimiento que nació con la finalidad de producir alimentos sanos y de calidad. En palabras de Matías y Bianca: “Desde el comienzo nos propusimos llegar a la mesa de la gente con un producto de calidad, duradero y sano. Todos los días nos proponemos objetivos, no tenemos ni domingos ni feriados, estamos involucrados 100% con el emprendimiento y queremos seguir mejorando para ofrecer cada vez alimentos más seguros. Raíces de Viña es como si fuese un hijo: nos necesita todos los días y tenés que estar presente, siempre”.