Fotos Maxi Amena (de la serie El Sendero)

Las nubes plomizas se cernían sobre el horizonte en Duggan; los montes se sacudían al ritmo del viento, en compás con el dorado trigal. La tormenta estaba desatándose. Maxi Amena vio en todos esos elementos una composición y, metido campo adentro, registró con su cámara ese preludio del aguacero. Casi sin saberlo, estaba sellando su reencuentro con la pampa (ese “horizonte en apariencia vacío, pero que en realidad está todo lleno”), de la que se fue cuando era muy pequeño. Maxi nació en Chivilcoy, pero emigró hacia Río Grande, en la provincia de Tierra del Fuego, donde vivía su padre, atraído por una geografía repleta de estimulantes montañas, valles, ríos, bosques y mar. Tres décadas después, tras haberse fogueado como fotoperiodista durante 17 años en el diario La Nación, vuelve a reencontrarse con ese paisaje para internalizarlo y elegirlo como su lugar en el mundo, para echar raíces y empezar a compartir sus conocimientos fotográficos a través de talleres.

“Hago fotos desde muy chico. Mi viejo y su esposa tenían cámaras, eran fanáticos”, arranca Maxi, para meterse de lleno en el recuerdo de la primera foto que sacó, cuando tenía ocho años. “Había una polaroid, de esas revelan en el momento, la robé y me hice una selfie en el espejo de una hostería. Como no puse el flash, la foto salió negra. Esa foto todavía la tengo”, cuenta, entre risas. Tres años después, a los 11, se recuerda creando escenas con playmobiles y aviones de juguetes, poniendo filtros con antiparras.

“Empecé a hacer fotos como escudo de la timidez, me hacía cargo de la cámara en cumpleaños y viajes para no salir yo en las fotos. Me gustaba ese rol social. Siempre estaba con una cámara. En ese momento, ya estaban las 8 mm de video, entonces filmábamos con mis amigos, hacíamos cortos. A la par, iba a un colegio de arte y estudiaba música. Hacíamos videoclips, stop motions. Inventábamos de todo para matar el tiempo”, cuenta.

Sin embargo, cuando terminó la escuela y llegó el momento de decidir qué estudiar, Maxi pensó que la fotografía no era suficientemente importante en su vida y entonces decidió mudarse a Buenos Aires para estudiar cine. A los 18, en completa soledad, mientras sus amigos elegían otros destinos para continuar con sus carreras, se mudó a la capital para empezar la carrera de dirección en la Universidad del Cine. “Estuve dos años y medio, no terminé la carrera, pero aprendí un montón”, dice.

En ese momento de confusión, de crisis existencial, decidió irse a vivir a La Plata, donde estaba su mamá, para estudiar abogacía. “Ahí empecé a darme cuenta de que la fotografía tenía más que ver con mi forma de ser solitaria, viajera”, revela. El rumbo empezó a acomodarse gracias a un juego. Un día, en el departamento que compartía junto a otros cinco estudiantes, vieron que el Loto sorteaba un pozo de 30 millones de pesos (dólares, en aquel entonces) y enseguida apareció la pregunta de qué haría cada uno si ganara ese dinero: “Yo me lo planteé en serio y dije de una que me dedicaría a la fotografía, viviría en el campo, la montaña, viajaría y trabajaría para National Geographic. Gracias a ese Loto, pude encauzarme”.

Maxi se anotó entonces en el Fotoclub de Buenos Aires, mientras vivía como maestro de música, título que obtuvo en Río Grande, y que hoy vuelve a aplicar en las aulas de San Antonio de Areco. “La búsqueda de la fotografía es la de congelar el tiempo”, enseña. Del Fotoclub pasó entonces a la escuela de fotoperiodismo de TEA. Y en el último tramo de la cursada, entró como pasante en el diario La Nación. “Entré a la revista dominical, hacía fotos de crítica gastronómica hasta que me caí de cabeza adentro de un sótano, así que pasé a trabajar en el archivo, escaneando fotos”, ríe. Era el año 2001, más precisamente el 19 de diciembre, cuando todos los alumnos del último año se encontraban brindando, en un bar de San Telmo, por el fin de la carrera. Enseguida largaron las copas y salieron con sus cámaras a retratar los hechos que estaban sucediendo. Fue de esos momentos en los que la historia se hace más carne que nunca. “Llegamos a la plaza cuando estalló la represión. Fue un bautismo de fuego violento… ese día volaban piedras, gases y balas y encima era de noche… todo el mundo corría para todos lados, había fuego en la calle. Era zona de guerra”, recuerda Maxi.

Su inicios en el diario La Nación estuvieron ligados necesariamente a aquellos sucesos. De hecho, las primeras fotos suyas que publicaron fueron tomadas el 28 de diciembre de 2001, cuando se produjo un cacerolazo contra Rodríguez Saá y un grupo de personas entraron al Salón Azul del Congreso. “Hice fotos de eso, también de los bomberos apagando el fuego. Esas fotos no las tenían del staff de fotógrafos y publicaron las mías, así que ahí me llamaron para el diario, donde me quedé durante 17 años”, dice.

Maxi asegura que, de su paso por el diario, lo que más rescata es haber sido “testigo, con mis propios ojos, de las cosas que suceden: en esos años estuve en todas las asunciones presidenciales, en todas las asambleas legislativas, en todas las ferias del libro, en todas las marchas… casi todo lo que sucedió, de un lado o de otro, estuve con mi cuerpo y mis ojos viéndolo”. Eso, señala, le dio un “conocimiento súper enriquecedor: estuve en innumerables entrevistas a científicos, artistas, escritores, políticos, embajadores, gente de la calle, víctimas de inundaciones… todos los estratos de la sociedad”.

En paralelo a ese ejercicio de retratar la “realidad”, ajustada al medio en el que trabajaba, Maxi fue descubriendo su conexión emocional detrás de cada noticia, algo que lo recorría más allá de lo que veía: “Si saco una foto de un chico en la playa, trato de conectar con mi niño interior en la playa, con mis experiencias en la playa, con mis emociones internas”.

Llegó el momento entonces en que decidió hacerse cargo de esa obsesión y de esa búsqueda artística. Así fueron naciendo piezas documentales, musicalizadas por él mismo, como Rapto de Vigilia, que ya presentó en Buenos Aires, San Antonio de Areco y Capitán Sarmiento: un compendio de fotografías y videos que recorren su imaginario y que disparan, tal es su búsqueda, un universo de interpretaciones libres. Algo completamente alejado del acotamiento de sentido que significa el fotoperiodismo, y apuntado hacia la riqueza de la creación. Así va Maxi, imbuido por lecturas de filosofía oriental, y también por el libro El Sendero de Ricardo Güiraldes, donde fue comprendiendo que la “búsqueda de la sabiduría es, en realidad, vaciarse, no llenarse de cosas”.

En el recorrido, Maxi hizo un destilado de lo que significa la fotografía, de la creación de la forma, el “recorte de la secuencia temporal de la vida a un instante atemporal, la búsqueda de esas tensiones”. Y si bien, a veces, la conmoción frente a lo que ve es tan grande que siente el impulso de salir corriendo a buscar la cámara, en sus talleres propone “estructuras vacías”. Salir a caminar o en bicicleta simplemente con la cámara. “Salir a la aventura, a la búsqueda de lo mágico, de lo que sucede y elegís ver; la fotografía conecta con el imaginario interior, está en el inconsciente”, señala. Y cierra: “El objetivo es que la palabra descanse un poco para que aparezcan otras cosas. Y aparecen”.