Maxi Rodriguez tenía 14 años cuando se asomó a la puerta del taller del orfebre Sergio Sánchez para preguntarle si podía ayudar con algo. Sergio no lo sabía, pero Maxi pasaba todos los días en su bici y miraba con devoción ese espacio, el taller, que lo envolvía de entusiasmo, que lo atraía mucho más que las aulas de la escuela. “Siempre me gustaron las herramientas, el lugar de trabajo, es como un imán”, dice hoy Maxi, sentado en su propio taller sobre la calle Arellano.

Maxi arrancó como aprendiz con Sergio y estuvo seis años junto a él. “Aprendí el oficio en la edad justa, cuando le podés dedicar muchas horas con la cabeza solo puesta en eso”, asegura. Empezó limando algunas piezas y poco a poco aprendió el oficio de la orfebrería, tan arraigado en San Antonio de Areco, donde hay más de 40 orfebres que día a día continúan con una tradición cargada de simbolismo y arte. “Eso explica por qué mucha gente viene a buscar piezas acá, es como el Warnes de la platería, están todos acá”, bromea.

El oficio lo fue atrapando por completo. Todavía era un adolescente cuando se armó su propio taller en el fondo de su casa. Se acomodó una mesita -que todavía posee- contra un rincón y así arrancó su propio viaje en la orfebrería. Todavía recuerda la primera pieza que creó, unas yuntas para unos clientes de Zárate, que habían llegado a través de su madre. Los atendió en su cocina. “No tenía nada para mostrarles, ni bocetos, ¡nada!”, cuenta.

Esa pasión la retransmite en los talleres municipales que brinda para niños, de 9 a 12, en el centro complementario. «Hay chicos que se enganchan mucho y después terminan viniendo al taller». Para él, pasar la voz es parte de su oficio. Maxi dice que disfruta mucho de la docencia, de la posibilidad de transmitir el amor por la orfebrería que le inculcaron a él sus maestros.

Maxi asegura que el taller es su lugar en el mundo y que ahí pierde noción de espacio y tiempo, donde fluyen sensaciones que lo inspiran hasta las lágrimas. “Se disfruta mucho el proceso, esto sale de una chapa lisa y llana, como que le das vida a la pieza”, dice, abriendo los ojos y señalando una de sus creaciones. “Puedo estar una semana, un mes o años con una pieza”, asegura. “Hay tanta conexión que a veces te da lástima cuando se va”, agrega.

A los 16, Maxi sintió que la orfebrería iba a ser para toda la vida. Tanto fue así que, en ese momento, cuando ya empezaba hace vendió un Fiat 600 para poder armar, con la ayuda de su papá, su propio taller con paredes de concreto, con las herramientas necesarias. “No es que lo pensé demasiado, se dio naturalmente”, explica. En ese proceso, fue clave el reconocimiento que recibió en los torneos bonaerenses. Primero ganó una medalla de plata, en 2003. Un año después, ganó otra medalla, también de plata. Y en 2005, en el último concurso, ganó una de oro. En el jurado estaba Javier Pallarols, de la reconocida familia de orfebres. Maxi había ganado con un mate, de estilo sobrio. Pallarols se acercó, lo felicitó, pero también le recomendó que estudiara la técnica de cincelado. “Me cambió la vida ese consejo”, dice.

Hizo un click. Pasó de hacer piezas de estilo pampa, sin demasiados ornamentos, a una búsqueda enfocada en el cincelado. Hizo un curso en Buenos Aires, en el que aprendió técnicas de la joyería, pero todavía sentía que le faltaba. Entonces continuó su búsqueda en el Mercado artesanal de La Plata, con otro curso. “Me abrió la cabeza”, asegura. A partir de ahí, encontró en el cincelado un disfrute en convertir piezas lisas en ornamentales, de estilo barroco, el estilo olavarriense, un extremo opuesto a la orfebrería que se hacía en Areco. Maxi encaró una fusión, un sincretismo entre ambos artes.

Cada vez que termina una pieza, se acuerda repentinamente de todo el camino recorrido, de haber arrancado sin nada, sin siquiera el conocimiento ni la tradición familiar, el crecimiento en un oficio que lo absorbe en cuerpo y alma. Maxi indaga constantemente, busca mejorar. “El quiebre en todo fue acá, en Areco, en la Escuela de Arte Nº 1 «Gustavo Chertudi», señala.

Sin embargo, había un escollo: para poder empezar, Maxi tenía que terminar la secundaria. Le quedaba un año. En el Chertudi le permitieron que hiciera la formación básica, mientras terminaba el secundario. Las dos cosas a la vez. “Pasé de no estudiar nada a estudiar nueve horas por día”, dice, entre risas. Lo que más sufría Maxi era estar lejos del taller durante gran parte del día, sin contacto con los metales. Por más que en su momento lo padeció, hoy agradece haber tenido la posibilidad de aprender técnicas de dibujo, grabado e historia del arte. “Cuando terminé, era una persona diferente, mejor”, asegura.

Maxi siente que la orfebrería lo centró y se convirtió en un eje en su vida. No se imagina, ni por asomo, haciendo otra cosa. Todos los días, cuando se levanta, sólo desea estar en el momento preciso en que se sienta en su taller, con un mate y un paquete de Don Satur. “Creo que haber empezado a trabajar de tan joven con gente grande, que se tomaba las cosas en serio, fue clave. Ver a gente apasionada, que le ponía mucho amor a su trabajo, me transformó y creo que yo intento copiar eso. Le doy la vida a lo que hago”.