Fotos Lulú Magdalena

En los bolsillos de Miguel Ángel Gasparini siempre hay un fibrón negro. Cuando va a la cancha a ver a San Lorenzo, agrega uno azul y otro rojo, los colores de la camiseta del club que ama. Cuando sale de paseo y para en alguna estación de servicio, Miguel Ángel aprovecha para ir al baño y con el marcador dibuja en los azulejos el puente viejo de San Antonio de Areco. Firma “por aquí pasó Gasparini”. No falta algún amigo o turista que llega a su atelier con la pregunta de si estuvo de viaje por Rosario, porque vieron el dibujo en el baño. Cuando va a la cancha, esconde los fibrones debajo de su boina azul y dibuja en las tribunas algún cuervo (animal que se identifica con San Lorenzo de Almagro): como ya lo conocen algunos hinchas, le piden algún dibujito.

Dónde va, Miguel Ángel pinta. Dice que prefiere dejar trazos y no cicatrices. Disfruta haciéndole bromas a sus amigos, que cuando se bajan del auto, él aprovecha y les hace algún dibujito en el parabrisas. Esta es la historia de Miguel Ángel Gasparini, el pintor costumbrista gauchesco: “Soy arequero. No pinto al gaucho de la patagonia, ni del fortín, sino al pampeano, de la llanura. Lo mío es de acá. Me pregunto cómo fue el nacimiento de mi vocación y siempre digo que el ambiente influye mucho, mi papá compartía su arte, sus conocimientos sobre el gauchaje, las tareas del campo. A la noche, con lo que le sobraba de pinturas, yo dibujaba algo mío”, cuenta.

No pasa ni un solo día sin dibujar, sin pintar, porque siente que así se “argentiniza aún más”. Su vida pasa por la pintura, disfruta de las tardes en su atelier llamado La Recova. Cuando está concentrado en los bocetos, pierde la noción del tiempo: no sabe si llueve, si hace frío. Es su gran vocación. “Hay que ser fiel a la vocación, pero hay que encontrarle la vuelta para vivir de esto. Yo dibujo a mano alzada. Mantengo mi espacio, no es que vivo bien, he dado clases durante muchos años. No es fácil vivir del arte”, dice.

Concentrado frente a un lienzo apoyado en un caballete de madera, Miguel Ángel Gasparini seguía el trazo de la acuarela y el lápiz con la soltura de una cinta de raso al viento. De vez en cuando levantaba la vista: conocía a la perfección los rasgos del modelo vivo, su padre, Osvaldo Gasparini, que posaba tranquilo con su poncho y su boina negra ante la mirada de su hijo. Desde 1998 ese cuadro, su mayor logro, como él lo define, continúa apoyado en el mismo caballete en La Recova. Cada vez que lo mira, vuelve a encontrarse con la mirada de su padre, la mirada del hombre que le enseñó a dibujar y a pintar caballos y los gauchos de las pampas de San Antonio de Areco. Cuando su padre murió, Miguel Ángel colgó su boina negra a un costado del atril y le agregó dos caballos: uno que representa la juventud y el otro la partida.

La historia de Osvaldo Gasparini podría haber sido un cuento de Gabriel García Márquez, cargado de realismo mágico. A los trece años, Osvaldo se escapó de su casa, en Villa Lía, y se fue a vivir con Don Segundo Sombra, en el puesto La Lechuza. Corría el año 1930 y el mundo estaba hundido en la famosa “gran depresión”, económica y social. “Había una malaria bárbara. Mi abuelo tenía 50 y mi abuela, 16. Un día, Victoria, mi abuela, se escapó con otro hombre. De Villa Lía se fue a Areco. Mi papá no pudo soportar la tristeza, y cayó en la casa de Don Segundo. Mi abuelo lo fue a buscar, y Don Segundo le pidió que lo dejara”, cuenta con histrionismo Miguel Ángel.
Osvaldo aprendió a dibujar caballos con pedacitos de carbón. Un día, Don Segundo le dijo, sin mirarlo: “Usted va a ser un gran hombre, pero no un hombre feliz: porque usted no perdona, usted tiene que perdonar a su madre, así que prepárese el mono que mañana nos vamos para Areco a ver a su madre”, recita MIguel Ángel. Esa historia la llevó a un cuadro. Miguel dice que cuando uno mira el sol de frente, se encandila, por eso las figuras aparecen cortadas, como la geometría del cubismo. Allí quiso retratar el camino de la vida, de la felicidad. “Hay que tener mucha valentía para perdonar. Ese fue un gran día para mi papá. Don Segundo tenía una sabiduría… no sabía ni leer ni escribir, pero su sabiduría era de la vida”, dice Gasparini.

Cuando llegaron a la casa de Victoria, la mamá de Osvaldo, ella estaba barriendo la vereda. Hacía cinco años que no se veían. No hizo falta palabra y se fundieron en un abrazo. Decidió quedarse junto a su madre y los fines de semana se vestía de gaucho y se iba al campo a visitarlo a Don Segundo. Un día llegó, y lo encontró vestido de negro, con chiripá. Se estaba muriendo su compañera, Petrona. Don Segundo le pidió entonces a Osvaldo que le preparara la volanta, el carruaje, para ir a buscar a un sacerdote a San Antonio de Areco. “Con dos testigos le dio la última alegría, doña Petrona se moría riendo de felicidad. Siempre decía que los unía el amor, pero ninguna papeleta”, recuerda Miguel Ángel.

Osvaldo Gasparini comenzó a ofrecer sus dibujos a los turistas que llegaban a San Antonio de Areco. Cuando en 1938 se hizo el museo Güiraldes, se iba a la pulpería La Blanqueada a vender sus dibujos. “Acá mandaba la familia Güiraldes, le hicieron la vida imposible. Lo hacían meter preso. Le decían ‘pinta mono’. Ya pintaba con lápiz y un poquito de acuarela.
Se tuvo que exiliar y se fue a vivir a Buenos Aires, donde quedó bajo la tutela de Quinquela Martín… ¡increíble!. Mi papá fue el gran artista y desafió al destino bautizando a sus hijos Miguel Ángel, Luis Leonardo y Rubén Darío. Salimos dos pintores y uno escritor y poeta”.

A Miguel Ángel le gusta pintar al gaucho, pero no en las peleas, sino trabajando. Como estudió Arte combina diferentes estilos: dibuja al gaucho usando técnicas del surrealismo, del cubismo, con diferentes tratamientos plásticos. “Siento esa nostalgia, el arriero llevando las vacas del patrón. Me inspiro mucho en Atahualpa Yupanqui, en Falú. Acabo de regresar de la casa de Don Ata, en Cerro Colarado, donde pinté El Alazán”, cuenta Miguel.

En La Recova, la esquina donde ahora está el atelier de Miguel Ángel, antes funcionaba una carnicería. Una tarde, en la década del 90, mientras caminaba con su esposa, María Inés, se enamoró de esa casa, clásica y colonial de Areco. Cuando la comenzó a remodelar, empezó a aparecer la maravilla arquitectónica: las arcadas de ladrillo que se escondían detrás de los azulejos y el cielo raso que ocultaba tirantes de pinotea.

Las paredes de La Recova son de ladrillo asentado en barro, hoy repletas de dibujos, cuadros, pinturas y bocetos del pintor. En la pared del fondo, hay una gran mural con la historia de Areco, que Miguel Ángel pintó en una noche de inspiración. “Cuando terminé de bocetar el mural, no me convencía. Entonces llamé a los dos pintores maestros de Areco, Mario Scarinci y Quito Gómez. Mario era un cascarrabias, y me dijo ‘esto es una porquería’. A la otra semana, vino Reynaldo ‘Quito’ Gómez, que le gustó y me dijo que veía algunos espacios sin pintura y me recomendó geometrizar el fondo, diagonales, triángulos, círculos, cóncavos, convexos. También me recomendó repartir los colores”, dice.

Miguel Ángel ama tanto lo que hace que tiene una libretita de hojas blancas y un lápiz en la mesita de luz. Mientras duerme, sueña que está pintando y dibujando y se levanta a cualquier hora a bocetar. “Me gustaría que lo recuerden como el pintor de los pagos de areco”.