Cuando tenía cinco años, Damián Colucci supo que de grande quería vivir en el campo. A los dieciséis leyó La Revolución de un rastrojo, una introducción a la agricultura natural del japonés Masanobu Fukuoka y ratificó su deseo de niño. El libro lo fascinó tanto que comenzó a planear un viaje a Shikoku, para así conocer y aprender la filosofía del maestro del cultivo ecológico. Armar la travesía no le fue fácil: por ese entonces aún no existía internet ni celulares, contactar a la familia Fukuoka le llevó un año, toda una estrategia de paciencia. Primero mandó una carta por correo de la que no obtuvo respuesta. Luego otra y otra. Entre carta y carta pasaban meses. Pero Damián, a pesar de las frustraciones continúo la búsqueda, hasta que consiguió el número de teléfono de la casa del maestro. Una amiga japonesa lo ayudó a comunicarse. Del otro lado de la línea la nuera de Masanobu escuchó encantada el deseo de Damián: viajar hasta la granja para aprender el método Fukuoka. La alegría fue inmensa cuando su amiga le dijo: “Dicen que con todo gusto te recibirán. Que el trabajo es muy duro”.

Damián se dividía entre terminar el secundario y preparar la travesía. Mientras sus compañeros organizaban el viaje de egresados, él estudiaba japonés y leía más y más sobre naturaleza y agroecología. No le preocupaba no saber dónde dormiría o qué comería durante la estadía en la granja de Fukuoka, su máximo sueño era aprender a cultivar al lado de su maestro: sabía que viviría una experiencia extraordinaria. Deseaba aprender a trabajar en los cultivos de arroz, de mandarinas, de trigo. Vivir la vida dentro de la naturaleza autosustentable.

“Cuando llegué a Japón me sorprendí de todo lo que veía. Llegué al aeropuerto y me tomé un tren, es como llegar a Aeroparque y tener que ir hasta Tucumán. Así de lejos quedaba Shikoku. Fue un viaje gradual: de la gran ciudad, empecé a pasar por ciudades más chicas, después a pueblos, después al campo. Hasta que llegué a lo de Fukuoka, que era otro mundo”, dice Damián.

En un ambiente que parecía sacado de una película de Hayao Miyazaki, la rutina de trabajo era muy intensa. Desde cosechar mandarinas en las montañas, hongos y verduras hasta sembrar arroz o cortar yuyos a mano o con métodos muy antiguos de agricultura. Para él todo era un sueño. “Todo lo que fui aprendiendo en el camino luego lo plasmé en mi vida. Al lado de Fukuoka aprendí un montón de cosas que hoy las estoy aplicando. Como también me traje experiencias de campesinos de la Patagonia o La Rioja”, dice.

Damián regresó a Argentina en febrero de 2001, en plena crisis social y económica, cuando los pequeños y medianos productores agrarios estaban fundidos. No quería volver a vivir en Buenos Aires. Mientras leía La Vida en los Bosques de Henry David Thoreau supo cuál sería su destino. Se guardó como mantras algunos pasajes de ese libro imprescindible: “Fui a los bosques porque quería vivir solo, deliberadamente, para afrontar los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que tenía que enseñar y no descubrir, a la hora de la muerte, que no había vivido. No quería vivir lo que no era vida, ni quería practicar la renuncia, a menos que fuese necesario. Quería vivir profundamente y extraer toda la médula a la vida, vivir de una forma tan intensa y espartana que pudiese prescindir de todo lo que no era vida”, escribió Thoreau en el año 1854.

Thoreau se convirtió en una guía. Se sintió muy identificado con la vida de ese escritor norteamericano y lo marcó tanto que decidió irse a vivir a un campo que su padre tenía en Tandil. El campo era un páramo, todo lo contrario a la vida que describía Thoreau en medio de los bosques añosos: sin árboles, sin mejoras, sin instalaciones. El campo, la soledad y Damián. “No conocía a ningún vecino. Algunos creían que había hecho algo malo en Buenos Aires y por eso mi padre me había llevado al campo. Porque era imposible que un pibe de veinte años se recluyera solo en un campo”, cuenta.

Los primeros cinco años vivió solo. Tiempo necesario para leer, plantar árboles y comenzar a trabajar la tierra. Primero hizo una huerta para tener sus alimentos, sembró una parcela de trigo para hacerse el pan y comenzó a tener algunos animales: el deseo siempre fue lograr la independencia alimentaria. A los años conoció a una compañera con la que tuvo dos hijos y ese fue el quiebre: Damián se dio cuenta que necesitaba crear una economía, con una familia era imprescindible una entrada de dinero. Cuando intentó vender los productos agroecológicos, en ese momento no existían consumidores. Hasta que en 2009 se separaron y él continuó en el campo. Damián quería sembrar a gran escala pero sin el uso de máquinas que consumieran derivados del petróleo. Pero para abarcar más extensiones de tierra se le hacía imposible hacerlo a mano.

“Siempre tuve afinidad y empatía con los caballos. Entonces se me ocurrió que podía trabajar la tierra con caballos. Comencé a arar unas pequeñas parcelas con un caballo viejito de mi papá, Leal se llamaba, para trabajar a mayor escala y obtener un volumen más rentable. Hasta que un día conocí a un anciano campesino que araba con dos caballos sentado en una máquina, como una especie de sulky. Eso me abrió el mundo, compré unos potros y comencé a sumar caballos y a sembrar más hectáreas”, dice Damián.

El primer año cosechó una hectárea de trigo, que le rindió dos mil kilos de granos. Al segundo año sembró tres hectáreas. Mientras sumaba hectáreas sumaba caballos. Su pico máximo de siembra con animales fueron 25 hectáreas con seis caballos. “Algunas herramientas eran tan viejas que no sabía cómo usarlas. Entonces mis vecinos más ancianos me enseñaron. Hasta que aprendí a usarlas hacía un desastre inmenso. Luego el crecimiento nos llevó a comprar un tractor, porque con caballos demorábamos mucho tiempo. Nunca usamos químicos, creo que hacerlo es ser deshonesto con la tierra”, cuenta.

En 2010, Damián conoció a Mariana Magneres y tuvieron dos hijos. Cuando ella se sumó al proyecto lo ayudó muchísimo con el manejo de los caballos. Era un trabajo que requería esfuerzo y energía. Trabajaban a la par y se dividían las tareas del día a día. La molienda de granos, el cuidado de la huerta y de los animales. Una familia dedicada exclusivamente a la producción de alimentos agroecológicos, en plena conexión con la tierra.

Otros de sus sueños era tener un molino de piedra, algo prehistórico de los inicios de la agricultura, para hacer harina. Un amigo lo ayudó a fabricar el primero. Y así comenzó el emprendimiento Monte Callado. El nombre es en honor a un poema de Atahualpa Yupanqui. En Monte Callado, producen harina de trigo integral orgánica, desde la siembra hasta el empaque. Además sorgo, centeno, maíz, papas, cebolla, huevos de 500 gallinas libres, verduras orgánicas, algunos cítricos y frutales. El emprendimiento creció y sumaron cinco molinos para moler casi dieciocho mil kilos de harina mensuales, cambiaron el tractor por uno un poco más grande.

“Mis hijos, mi familia y el proyecto: Monte Callado es mi sueño. Es una maravilla poder despertarse antes de que salga el sol, así cuando amanece uno ya está viviendo despierto. Uso mi tiempo para ser autosuficiente. Se puede cultivar alimentos a gran escala sin depender de máquinas industriales. Empecé de a poco y la tierra me devolvió un montón. La naturaleza es un círculo virtuoso. No me iría nunca de esta tierra, el día que me muera me gustaría que me enterraran acá, en el campo. Estoy viviendo mi sueño. Ojalá que mis hijos y los que me rodean puedan tener un sueño y lograrlo”, dice.