Nahuel Filippini estaba entrando al trabajo cuando recibió un mail en su teléfono, donde lo notificaban del premio que había conseguido por su proyecto de separación de residuos orgánicos en pequeñas localidades bonaerenses. Fue tal la sorpresa que necesitó imprimir el acta adjuntada en el mail para confirmar la noticia. Tras un llamado a su novia y luego a sus padres, recién entonces pudo comprender la dimensión del premio otorgado por el Instituto Pyme del Banco Provincia y la oportunidad que significa para darle impulso a una idea que podría revolucionar la gestión de residuos en el interior.

En realidad, su proyecto fue una síntesis de su vida, un recorrido que lo fue llevando, nutriendo e instalando en los lugares precisos para luego volcar en palabras lo recolectado en su corta aunque intensa experiencia relacionada con las cuestiones ambientales. Nahuel nació en Pergamino y se formó en una escuela agrotécnica. Ya desde pequeño mostraba un interés muy especial por la ecología, tanto fue así que cuando estaba en tercer grado se sumó a una ONG, EcoClub, que a su vez coordianaba actividades con el municipio sobre separación de residuos en orgánicos e inorgánicos. «En ese momento salíamos casa por casa explicando cómo era y dejándoles un balde de regalo; después volvíamos a pasar con una bolsita de abono que se había hecho con lo que habían separado. Eso me marcó mucho», cuenta Nahuel.

La experiencia en EcoClub fue clave para él, sobre todo porque le permitió ver lo que habitualmente no se ve de la gestión de residuos, ese agujero negro en el que la basura parece desaparecer por arte de magia. Allí entendió que la vinculación con las instituciones, la formación educativa y la decisión política son clave para mejorar y dar vuelta este sistema que, según explica, hoy está «pagando para contaminar». «Estuve muchos años con la ONG y teníamos acceso a todo el circuito, desde el relleno sanitario hasta el origen, es decir, qué pasaba con los vecinos, si separaban o no, adónde iba lo orgánico, cada etapa. Esto me ayudó a tener una mirada específica de cómo tratar los residuos, una línea de trabajo», dice.

Una de las cosas que Nahuel plantea en su proyecto es que hoy la separación está enfocada en lo inorgánico, es decir los residuos secos, porque pueden reinsertarse en el mercado y dan una ganancia a corto plazo. Sin embargo, el problema es lo orgánico: una vez que el papel tocó la yerba, ese papel no sirve más. «Entonces acá lo importante es qué hacemos con lo orgánico, si lo podemos aprovechar como abono, veamos cómo recuperarlo. A su vez, esto hace elevar el potencial de lo inorgánico, que va a ser más fácil de separar para vender: metal, papel, cartón, plástico, vidrios», agrega.

Cuando Nahuel terminó la secundaria, en 2012, estaba decidido a estudiar algo vinculado al ambiente. Ingeniería Ambiental en la universidad nacional de Santa Fe era la opción más concreta, pero le quedaba lejísimos de su casa. Convencido de que ese era el camino, hizo un intento, pero rápidamente comprendió que no iba a poder quedarse solo allá y armar de cero su vida en Santa Fe. «Me quedé en Pergamino trabajando y estudié en una universidad privada ciencias políticas. En eso estaba cuando me enteré que la carrera de gestión ambiental estaba en San Antonio de Areco», recuerda. Era el año 2017, y la Universidad Nacional de San Antonio de Areco – UNSAdA recién daba sus primeros pasos. Nahuel se cruzó con una jornada de difusión académica y un folleto que contaba las novedades de la flamante universidad. «Cuando vi que estaba gestión ambiental, le digo a mi amigo ‘che, está la carrera, es más cerca… ¡es la nuestra!’. Enganchamos a otros dos amigos y nos vinimos los cuatro sabiendo que acá íbamos a poder estudiar y estar tranquilos», completa.

Nahuel cuenta que de entrada San Antonio de Areco los «fascinó». No sólo estaban conformes con el nivel de la universidad, el contacto con los profesores, sino que tomaron dimensión de la hermosa posibilidad de estudiar una carrera en un pueblo: «Hay una cercanía con las personas increíble, la recepción es genial, acá te podés ver a cualquier hora, en cualquier lugar, no corrés riesgos de nada».

De esta conjunción de historias que entrelazan a un joven del interior bonaerense, inquieto y preocupado por la naturaleza, y la posibilidad de estudiar en otro pueblo una carrera universitaria, nace este proyecto reconocido por el Banco Provincia. «Esto me gusta, y es mi enfoque: para mí el camino es insistir en la separación entre inorgánicos y orgánicos. Y el punto clave es la educación», enfatiza. «Mi trabajo consiste en seis puntos, enfocado en localidades rurales de menos de dos mil habitantes; planteo que lo primero que hay que hacer es ver cuáles son los lugares de reunión, como escuelas y clubes, para llegar a los padres y comenzar con la campaña de educación ambiental. Se puede hacer», explica.

Nahuel advirtió que en el sistema actual, cada pueblo de cabecera tiene que hacerse cargo de los residuos que generan los demás pueblos del partido. «Entonces mandan un camión, que generalmente no está en condiciones, para buscar esos residuos y luego enterrarlos. Si nosotros logramos separar en origen el 50% de la basura orgánica, eso se va a traducir en un 50% de ahorro en traslados. Y además, si solo queda lo inorgánico, ese traslado no es necesario hacerlo de manera periódica ya que no genera olor ni se descompone. Lo inorgánico lo dejás, lo acumulás y lo vas a buscar una vez al mes. Y con lo orgánico podés hacer dos cosas: generar abono y venderlo e incentivar para que el mismo vecino reutilice su basura orgánica para abono».

Nahuel es un apasionado del tema y un soñador que, aunque suene contradictorio, tiene los pies en la tierra. Conoce las dificultades de la gestión, sabe de las particularidades de cada localidad y no es obcecado con sus ideas: está abierto para mejorarlas. Según sus cálculos, el ahorro de invertir en este tipo de planes es del 50%. La ganancia, más allá de lo económico, es mucha. ¿Por qué no se aplican estos modelos? «Hay mucha desinformación, hay que trabajar mucho sobre eso. También es cierto que los municipios no ven esto como una prioridad, es complejo. Se ha avanzado mucho en educación ambiental, pero también es cierto que falta un montón. Es clave que el Estado de el ejemplo».

 

Fotos de Cami Benítez