Fotos Lulú Magdalena

A media luz de una noche cerrada, Néstor Melgarejo prendió un cigarrillo. En silencio apoyó en el banco de carpintero una guitarra hecha con sus propias manos: aro y fondo de madera de palisandro de la India, tapas de pino traído de Sitka, Alaska. Se sentó de frente en una silla y la contempló: había algo en el sonido que no lo convencía. Un mínimo detalle imperceptible para el oído del común de los mortales, pero que, para un luthier obsesivo como Néstor, se puede convertir en noches de desvelo. Incluso esa tarde había llevado la guitarra a una interconsulta con un amigo luthier, Daniel Luiggi. Necesitaba tener la opinión de un colega.

-Suena bien, Néstor- le dijo Daniel luego de tocar un rato.
-Para mí no, a mi no me gusta- contestó desahuciado.

Daniel le dio algunos consejos para solucionar el posible desajuste que causaba el desperfecto sonoro. Volvió a su casa con algunas certezas. Otra vez, se sentó en su taller para contemplar la guitarra, concentrado en cada parte del instrumento mientras se consumía otro cigarrillo. Decidió entonces expresarle su descontento al cliente que se la había encargado. Ensayó mentalmente un posible diálogo: que no estaba cien por ciento contento con el resultado final, que había algo en el sonido que no lo convencía, que no daba lo él que pretendía y se había imaginado; que si la guitarra no se mejoraba con el uso, se la trajera y le cambiaría la tapa y, ya que estaba, le gastaría algunas varillas del interior.

Esa noche se acostó convencido de una posible solución que imaginó, soñó o quién sabe qué durante el período de vigilia, ese instante mágico y misterioso. A la mañana siguiente, gastó las varillas y le agregó un taco. Le puso las cuerdas, las estiró, la afinó y tocó un mi menor, el primer acorde que siempre elige para probar sus creaciones. Ahora sí, la guitarra se había liberado. Néstor al fin sonrió. Estas son las manos de un luthier, la historia de un hombre que le da vida a las guitarras.

Todos los días, lo primero que hace luego de despertarse es ir al taller. En compañía de Junior, su perro miniatura, se pone el delantal verde, abre las ventanas para que entre aire fresco y se fija que esté todo bien. Luego se prepara unos mates y pone música en un pen drive ecléctico, donde algunos días se pierde en la voz de Pavarotti, la guitarra de Falú y las canciones de Calle 13.

Antes de empezar a construir una guitarra, Néstor mantiene varias entrevistas con la persona que le encarga el trabajo, para saber los deseos del cliente y así fabricar una guitarra a la medida de esas necesidades. Si toca fuerte usará una madera, si se come las uñas y rasga con las yemas de los dedos, usará otra. Moldeará la guitarra como un artesano moldea una vasija de arcilla. Néstor anota todo en un cuaderno: qué madera usará para el fondo, para la tapa y cuáles serán los espesores. Luego elegirá un pedazo de cedro para el mástil, encolará los tacos, y preparará todo lo necesario para el momento crucial de la guitarra: la colocación de las tapas que definen la acústica, el sonido y que son el alma del instrumento.

El amor de Néstor por las guitarras comenzó a los siete años. Así lo recuerda, sentado en el zaguán de su casa, que utiliza como “oficina” de atención al cliente, y con una media sonrisa que ilumina su rostro de nostalgia: como pudo, cortó dos formas de guitarra con chapadur -que usó para las tapas-, con una madera que encontró hizo el mástil y con sus ahorros se fue hasta una casa de pesca a comprar tanza. Con esos elementos fabricó su primera guitarra. Pura creatividad. Néstor vivía en el medio del campo, en Zárate, y en su familia nadie tocaba ese instrumento. Su padre tarareaba canciones con una armónica y su hermano era hábil con el acordeón. Su invento era su objeto preferido, su tesoro: dónde él estaba, estaba la guitarra hecha con sus manos. Hasta que una familia amiga, atenta a la obsesión del pequeño, le prestó una reliquia para que aprendiera a tocar el instrumento.

Néstor todavía recuerda el día en que abrió por primera vez el estuche rígido y se encontró con una guitarra Tango preciosa y un libro con acordes y algunas canciones. Con eso aprendió a afinar. “Los que me la regalaron me dijeron ´tomá aprendé´. La tuve más de 18 años. Un amigo de mi hermano que sabía tocar me enseñó dos acordes: La y mi menor. Con eso empecé“, dice Néstor.

Practicando con el libro, fue tomando confianza, hasta lo hacían guitarrear y cantar en los actos de la escuela. Cuando terminó la primaria, lo anotaron de pupilo en una colegio de Agronomía de San Pedro. Una de las diversiones con sus compañeros era tocar la guitarra, hasta que la única que había se rompió. Néstor se acordaba de que en Zárate había un luthier, Alejandro Lafont. Un fin de semana decidió llevarla a reparar: esa decisión mínima y cotidiana cambiaría su vida.

Cuarenta y cinco años después. Néstor se acuerda de cada detalle del día que conoció a su maestro, de la inmensidad del taller, del olor de la madera, de las herramientas, del ruido de las lijas, de los tablones de Jacarandá de Bahía y pino Abeto de Alemania colgados en la punta del galpón. Empezó a ir seguido al taller de Lafont, entre mates y charlas quería aprender el oficio de luthier. “Era un tipo muy tímido, nunca lo vi trabajar porque eso se lo guardaba para su intimidad. Con la madera hacía lo que quería, su padre era carpintero, construían carruajes, puertas cancel trabajadas. Hasta que un día fue a la Antigua Casa Nuñez y pidió que le mostraran una guitarra. Lafont anotó todas las medias para luego construirlas con sus manos. Él me enseñó todos los principios de la luthería”, cuenta Néstor, que aún se emociona cuando habla de su maestro.

Lafont le regaló las primeras maderas para que se construyera su guitarra, como lo hizo cuando era chico, pero esta vez una profesional. Con la ayuda de su maestro construyó el mástil, a serrucho cortó las tablas de cedro, tardó unos cuantos meses hasta tenerla lista. “Hace unos años con varios luthiers le hicimos un homenaje a Lafont. Tuve el honor de poner una guitarra construída por mí al lado de una construída por él. Con los años y con la llegada de internet me di cuenta que yo dí vuelta el método que me enseñó Lafont. No inventé nada, en páginas web vi que desarrollé cosas que otros ya hacían, llegué a eso por pura intuición”, explica.

Todos los años, Néstor venía a San Antonio de Areco durante la fiesta de la tradición. Un año decidió que no volvería a Zárate, que se quedaría a vivir en Areco. Esa misma mañana mandó el telegrama de renuncia a su trabajo y al mes había conseguido un puesto en la Municipalidad, donde trabajó 35 años: “Pasé por todos lados”, dice. Ya jubilado Néstor da clases de lutheria en los talleres que dependen del área de Cultura de Areco.

Para Néstor hacer guitarras es un hobbie que ama. Cuando se da cuenta que es un trabajo ya no se siente cómodo, él disfruta cuando tiene el tiempo para la construcción del instrumento. Hacer guitarras para él es un hecho único e irrepetible. En cada una pone tanta pasión que a veces le cuesta desprenderse. Como aquella vez que le encargaron una muy especial. A las semanas, el dueño se la llevó para hacerle un mantenimiento y Néstor se entristeció al ver que no la cuidaban y sintió que la estaban maltratando. Al poco tiempo se la llevaron de nuevo: esa vez era porque le habían roto la tapa. “La tuve ocho meses en el taller. Me la trajo y me dijo ´cambiale la tapa´ y me dolió, yo no quería. El sonido que tenía era único, creo que es la mejor guitarra que hice. Cuando veo que las maltratan me duele mucho, porque le puse mucho de mi, siento que no la valoran. También están los que adoran las violas, a veces cuando me los cruzo por el centro les pregunto: ´¿Y cómo está la guitarra?´. Te satisface porque se que lo hice está en buenas manos. Disfruto mucho cuando tengo que reparar porque es un gran desafío”, dice.

“Ver que alguien toca un instrumento tuyo es único. Cuando vos terminás una guitarra, en ese momento que le ponés las cuerdas y las estiras y la dejás que descansen unas cuatro o cinco horas, luego la afino y toco un mi menor: elijo ese acorde que te muestra la armonía y que ataca la guitarra en muchos sonidos. Creo que después de los hijos es lo más hermoso que hay”.