Fotos de Lulú Magdalena

El pequeño Fausto se había dormido. Néstor Mahmud puso música, abrió un vino y preparó el atril con papeles y tintas varias. Armó el escenario perfecto para sumergirse en el trance de la pintura. Esa noche, como tantas otras, se quedó hasta las siete de la mañana, desvelado por el acto creativo. Cuando su pareja, Virginia, se despertó, él la esperaba con unos mates y los bocetos que había creado durante la madrugada colgados en la ventana de la cocina. “Encontraste qué hacer para la muestra”, le dijo ella. Recién ahí, entendió que había logrado encaminar la exposición que presentará en la Usina Vieja, durante la segunda mitad del año.

“Creo que lo que desencadenó todo fue el folklore, así reencontré la temática”, reconoce Néstor, sentado en el living de su casa y rodeado de cuadros y cuadritos que fue pintando en los últimos 20 años, en los que su obra fue reflejando, como si fuera un tamiz de su propia experiencia, el camino que eligió para su vida.

Nacido en Ciudadela en el seno de una familia “muy musical”, desde pequeño Néstor vivió la cultura como algo que formaba parte inseparable de la existencia. Sus hermanas eran bailarinas de folklore y en su casa sonaba siempre alguna que otra música. “Mis viejos me dieron la posibilidad de elegir. Me gustaba tanto jugar a la pelota como dibujar. Me llegué a probar en Almagro, en Deportivo Español, pero mientras tanto me preparaba para hacer el ingreso a Bellas Artes”, cuenta.

Néstor dibujaba todo el tiempo, en donde podía, hasta con cascotes y carbón en el piso. Copiaba lo que veía: algún paisaje desbocado, las cosas de la casa, sillas, mesas y utensilios. Y era fanático de El Gráfico, en la que se cruzaban sus dos pasiones: el arte y el fútbol. “La revista venía con una caricatura de Ordóñez, que dibujaba al mejor jugador. Como mi tío las coleccionaba, toda las semanas me dejaba la revista… era un gran momento para mí”, recuerda.

Cuando Néstor ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, se la abrió un mundo nuevo que, de alguna manera, completaba el universo que se le había ofrecido en su casa. Así lo cuenta: “Si bien mis hermanas eran bailarinas de folklore, y yo toco la batería, no había en mi casa una vivencia de la cultura al estilo libros, estudios. Era algo más vivencial, se escuchaba tango, folklore… Mis viejos eran obreros semi industriales. Mi vieja era aparadora de zapatos, cosía para las fábricas. Mi viejo era pintor de autos. Un abuelo mío fue hojalatero, con un pedazo de chapa te armaba cualquier cosa. De ahí, para mí, viene todo esto de hacer algo con las manos. Y me colgué en algo que me gustó: la pintura”.

Enseguida, Néstor supo que la docencia sería un gran vehículo para transmitir ese amor por el dibujo, la posibilidad de recrear e incluso inventar, la libertad del lápiz posándose sobre el papel. Una libertad que exige muchísimo compromiso. Ya instalado en San Antonio de Areco, se sorprende al comprender cómo se le han cruzado las experiencias que empezó retratando en 2002, cuando trabajaba en el conurbano profundo, un ámbito signado por las ranchadas, semi rural, que luego mutó en muchedumbre, factorías y contaminación. Hoy, ese onirismo lo absorbe del nuevo entorno.

Cuando Virginia quedó embarazada, estaban viviendo en Buenos Aires. Sabían que allí no querían criar a su hijo. Entonces pensó en recrear el mundo que había vivido de chico: la posibilidad de que Fausto “yire por ahí y se trepe a un árbol”, algo que en la ciudad se volvió imposible de conseguir. Hace tres años, al regreso de un largo viaje por Latinoamérica, ya no hubo dudas. “Nos vamos de la ciudad”, dijeron. Así recayeron en Areco: “Nos pareció muy copado el lugar. Acá hay una movida cultural, hay una escuela de bellas artes, talleres de cultura, para que se forme él, para tener una vida social, es muy lindo”.

Néstor llegó con algunas horas de arte para dar en las escuelas públicas. Además, rápidamente se metió a tocar en una banda de jazz y en la murga de la escuela de Bellas Artes. “Este año me tocó Villa Lía y la escuela 4, siempre como maestro de arte. Hace 17 años que soy docente. Siempre promuevo hacer murales, incluyendo a la comunidad. Ahora me saludan en la calle y tengo que hacer memoria, muchos padres se engancharon”. Para Néstor, ser docente significa valorar mucho más el proceso que producto final: “Pensar y que no te salga nada, es muy importante”.

Lo que más rescata de vivir en un pueblo es el tiempo que parece estirarse. “Alejarse de esa locura de estar colgado en el bondi o en el auto puteándote con otro. Acá los bocinazos son para saludar, jaja”.

Para Néstor, la muestra que está haciendo sobre Areco es una forma de “internalizar, de hermanarse con el lugar que elijo para vivir”. Y habla de la pintura como un rescate, una apelación a la memoria colectiva: “El paisaje se va modificando todo el tiempo, el dibujo es para intentar rescatarlos del olvido y la transformación: ese mundo medio abandonado y viejo, pero sobrevive. Areco tiene algo que es real, a pesar del turismo, y es la tradición. Es una cuestión de identidad, sobre todo. Es una pauta que enseña un conocimiento, hay cultura popular, hay sabiduría. Lo que más me gusta del folklore son los letristas, es riquísimo. Atahualpa Yupanqui es monumental y encarna una tradición. Desde ese lugar, me parece muy atractivo”.

Entre la docencia y el pintura (a la que recurre en ese el momento previo a quedarse dormido, una técnica que usaban los surrealistas, la vigilia en la que se “resuelven cosas”), Néstor va en búsqueda de una meditación, “súper compenetrado en eso”. “Ahora me lo trae todo el folklore: desde Atahualpa, Larralde, Cafrune, Zitarrosa, pero también los nuevos referentes como Bruno Arias, Raly Barrionuevo, Milena Salamanca”. Ahí busca la inspiración, combinando varias técnicas (tinta china, carbonilla, microfibra, fibrones, pinceles, plumas), creando cuadros que dialogan con las canciones, con frases incrustadas. “Haciendo alusión al hombre: el rancho es el hombre. Quiero establecer diálogos entre los personajes y el paisaje. Tengo pensado salir a dibujar al aire libre, ya elegí algunos lugares cerca del río. Miro la vegetación, las casas viejas… “