Cada vez que Diego Arranz se adentra en los caminos rurales o se queda mirando el horizonte siempre lejano de la pampa bonaerense; cada vez que se descubre enamorado de ese paisaje de sembradíos, animales y alambrados, se siente cerca de sus abuelos, José y Chela. Ellos fueron una parte esencial de la inspiración que lo llevó a explorar los pueblos rurales y crear el proyecto Ojos de Campo, un taller de fotografía para niñas y niños de los parajes que ya lleva 15 años funcionando en el partido de San Andrés de Giles.

Diego nació en capital y vivió toda su infancia y adolescencia en Villa Domínico, en una de las típicas casas chorizo de la época. Adelante, José y Chela tenían un almacén y atrás vivía toda la familia. “Mis abuelos vivieron toda la vida en el campo, en Pehuajó, hasta que una inundación los obligó a mudarse a la ciudad”, cuenta. Los días pasaban entre anécdotas de la vida rural (las siembras, las cosechas, las intrusas comadrejas), la perra China y una historia de amor digna de una telenovela. “Mi bisabuelo fue un empresario de campo, con muchas tierras, y mi abuelo se casó con mi abuela contra la voluntad de su padre porque no provenía de una familia de dinero”, recuerda Diego. José se fue de su casa y estuvo tres años alejado de Chela, trabajando y juntando plata. Cada tanto, mandaba una carta, pero Chela había perdido las esperanzas. Hasta que un día volvió y se casaron. José, orgulloso, renunció a la herencia y no le volvió a hablar a su padre hasta el día en que lo visitó en el lecho de muerte.

“Yo aproveché mucho la historia de mis abuelos, los he exprimido. Su pasado, sus historias y anécdotas, ellos me han transmitido mucho, ¡las cosechas raras que había en esa época!”. Diego se acuerda de su abuela Chela contando sobre la belleza de los campos sembrados de manzanilla, el blanco y el amarillo moviéndose por el viento y también de las cosechas de espárragos.

El vínculo de Diego con la fotografía comenzó cuando él era muy pequeño. En su casa había una buen cámara reflex, propiedad de su padre. El objeto era el fruto prohibido: no se podía tocar. Su padre, neurocirujano, la utilizaba para fotografiar cirugías y completar estudios. Diego, sin embargo, se las ingeniaba para usarla cuando su papá no estaba. “Para mí era un juguete, la agarraba, la tocaba, hacía que sacaba fotos porque la dejaban sin rollo. Pero nunca pensé que iba a ser mi trabajo”, dice.

Cuando terminó la secundaria, Diego deambuló por las carreras de biología y veterinaria, con el peso del mandato familiar (de tener un título) sobre sus espaldas. Recién a los 25 años pudo afirmarse sobre su deseo de convetirse en un fotógrafo profesional. Arrancó haciendo sociales y rápidamente supo que la docencia era algo que le gustaba. “Había empezado a dar clases antes de obtener el título de fotógrafo, y después hice una búsqueda: hice fotos de moda, productos, y también la parte educativa”. Diego encontró en la astrofotografía (las fotos de noche, las estrellas, la luna) una veta apasionante, que podía combinar con el dictado de talleres.

Hacia fines de los años 90, empezó a visitar pueblos rurales. Eran salidas con otros fotógrafos, explorando “realidades diferentes”. “En ese momento, los pueblos rurales estaban absolutamente muertos, no había desarrollo de nada, no había turismo, restaurantes, ni hoteles de campo”, cuenta. Fue en una de esas recorridas en las que surgió la idea de Ojos de Campo, como una extensión de la materia plástica, en las escuelas rurales. “Fue tirarse en paracaídas, porque no tenía formación pedagógica para trabajar con los niños”, dice.

En 2005, Ojos de Campo daba su primer taller en Tuyutí, un pequeño paraje de sólo 16 habitantes, y en Cucullú, un pueblo rural el que entonces había mil personas. Diego se imaginó que sería algo a corto plazo y diagramó un taller de apenas tres meses. Desde entonces, nunca se cortó. “Así pasaron 15 años”, ríe. En el medio, el proyecto creció muchísimo, fueron sumándose pueblos, otros municipios y viajes. “Me encuentro con que la enseñanza en el campo implica que siempre surge algo nuevo. Los pueblos rurales son todos diferentes, cada pueblo tiene su idiosincrasia, y uno se va enriqueciendo de anécdotas, historias, vivencias, el orgullo que les da a los chicos sacar fotos y después mostrarlas en las fiestas patronales y que la gente se sorprenda de que sean fotos de chicos”, dice.

 

Ojos de Campo también atravesó un profundo cambio tecnológico: comenzaron sacando fotos con rollo y vivieron el paso de lo analógico a lo digital. Y desde los últimos años, el celular. “La fotografía ya no es una novedad. La sorpresa puede ser hoy encontrar la mirada y que otros la vean”. Diego se detiene en una de las primeras historias del taller: “Había niños muy humildes en Tuyutí a los que Ojos de Campo les entregó su primera foto… porque hasta allí no iba el fotógrafo escolar. Sacar una foto era una novedad absoluta”. Hoy en Ojos de Campo hay cuatro profes, tres de ellas ex alumnas: Clara, Micaela y Laureana. Unos 150 niñas y niños pasan cada año por sus clases, hoy centradas en el partido de Giles.

Cuando se muestra el pueblo en las fiestas patronales, Ojos de Campo está ahí presente con las fotos de los chicos. Y son ellos los que muestran el pueblo con una mirada diferente. “Es una sorpresa lo que hacen los chicos con la cámara de fotos -continúa Diego-, observan un mundo que uno no está acostumbrado a ver”. Todos los días ellos caminan de su casa a la escuela, van a jugar a la pelota a la estación, pero cuando agarran la cámara, tienen ese acotamiento que les da el ocular. Ahí es cuando, con la ayuda de los profes, van encontrando qué quieren contar con el lente. “La experiencia de los viajes fueron asombrosas, tanto a la Patagonia como a Jujuy, donde los chicos pasaron a ser profes de otros niños, visitamos comunidades coyas y mapuches, vieron las montañas por primera vez, los lagos, los ríos. Calculo que eso debe haber quedado grabado en su memoria”, dice Diego. El año pasado, en la fiesta del hornero (hornos de ladrillo), en Cucullú, Diego se reencontró con un alumno que le contó que se estaba dedicando a hacer animaciones, cine y publicidades en la tele: “Me decía que era gracias a haber pasado por Ojos de Campo. Para mí es un orgullo. Al igual que las profes que tenemos ahora, que fueron alumnas y hoy me avasallan, son creativas, están siempre pensando qué hacer”.

“Me encantaría que mis abuelos pudieran ver lo que estamos haciendo”, dice Diego. Esa inspiración que lo llevó a adentrarse en la ruralidad se reveló como una gran sorpresa: nunca se imaginó que el taller iba a llegar a siete pueblos, que las niñas y niños pudieran viajar gracias a la fotografía y compartir sus experiencias con otras comunidades del país. “Yo creo que les gustaría mucho esto”, se contesta. Y está más que claro que así sería.