Con su emprendimiento, Nicolás reparte 200 kilos por semana de verdura fresca, libre de químicos, producida por quinteros comprometidos con el movimiento agroecológico.

El río baja manso, silencioso. Apenas se escucha el pedaleo de algunos niños que encaran el puente viejo y, cada tanto, el zumbido del viento remolinando en los árboles de la costanera de San Antonio de Areco. Nico García está sentado sobre el cemento rosado del puente, achina los ojos por el sol mientras prepara un mate con yerba orgánica y repasa el periplo que lo devolvió a su pago, luego de viajar por Latinoamérica durante algunos años.

“Cuando volví de Ecuador, donde viví dos años, tenía pensado parar unos meses acá y después irme a la Patagonia, pero finalmente me quedé”, larga, con la vista fijada en el río que se pierde en la bajada, y antes de relatar cómo fue que encontró su eje con Orgánicos, el emprendimiento con el que logró cruzar dos de sus pasiones: la agroecología y la concientización ambiental. Hoy, Nicolás reparte 200 kilos por semana de verdura fresca, libre de químicos, producida por quinteros comprometidos con el movimiento agroecológico.

Antes de reencontrarse con su tierra, Nicolás intentó con varias carreras universitarias en Buenos Aires, donde nunca pudo enganchar el ritmo de la ciudad. Se volvió a Areco, donde trabajó, por primera vez, en un campo. Algo de la forma de producir que le enseñaron no le cerraba: “Me di cuenta de que algo estaba mal, no había rotación, se echaban fertilizantes, la siembra directa, las fumigaciones”, enumera. Luego de recorrer los caminos latinoamericanos, que dejarían una profunda huella en él, empezó a estudiar por su cuenta agroecología, se contactó con el movimiento, con la agrupación Pueblos Fumigados, y en San Andrés de Giles, con Ambiente Saludable. “Ellos saben muchísimo. Ana Zabaloy, una maestra de una escuela fumigada, es una pionera y una gran referencia. Un día se fue a la casa con la mitad de la cara paralizada después de que fumigaran”, cuenta Nicolás.

Un encuentro sobre agroecología en Saladillo fue el ingreso a un universo donde las piezas empezaban a encajar. Allí escuchó a productores, ingenieros, consumidores, que debatían una cuestión que él no se había planteado: ¿qué y para qué se está produciendo en la tierra? “Agroecológicamente podés producir lo que quieras, soja, maíz, lo que sea, pero la agroecología lo que propone, sobre todo, es producir alimentos”, explica. Y razona: “Eso es algo que no plantea el modelo agropecuario, que se dedica al agronegocio, se siembra para exportar, no para alimentar. No tiene fines alimentarios: cada vez hay más pooles de siembra, menos productores chicos, y lo que se busca es el rinde. Nada más que eso”.

Nicolás se percató de que faltaba la conexión entre los productores agroecológicos y las personas que quieren consumir de otra manera. “Muchos productores, al no poder venderla en forma directa, la terminaban llevando al mercado central, donde se mezclaba con otras verduras con agroquímicos”, explica. Fue la gema de Orgánicos Areco: el contacto entre el consumo consciente y los productores: “Es algo bueno, me gusta la agroecología, lo tomo como un bien social, más allá del negocio, quiero que se tome consciencia de las fumigaciones, que se está comiendo mal, incluso las verduras y cítricos, que se fumigan en forma directa y absorben mucho”.

El mundo de la agroecología se abrió entonces como una cantera de posibilidades y saberes que, hasta entonces, estaban ocultos en su imaginario. Los mismos productores comparten con él saberes acumulados desde hace años de una transformación que los atravesó en cuerpo entero: la reconversión de sus quintas en espacios libres de agroquímicos. El intercambio de semillas, algunas recuperadas tras años de modificaciones genéticas, y el aprendizaje de técnicas arraigadas en lo más profundo de la tierra, lo empujaron a Nicolás a buscar también un espacio en el que producir sus propias verduras, para completar los bolsones que entrega semana a semana.

Este bagaje de experiencias e información que absorbió en su recorrido por el mundo de la agroecología, fue el motivo y corazón que lo empujaron a empezar a vender verduras y otros productos de origen orgánico. “Mi idea es empezar a producir acá, un amigo me prestó unas tierras para empezar a sembrar. Pasé de la idea de estar de paso en Areco, a quedarme, alquilar una casa. Encontré recepción. Si lo hago a medias me va a ir mal, pero si lo hago a fondo, me puede ir mal, pero al menos lo intenté. La verdad, llenarme de plata no me interesa. Busco consumir menos, porque cuanto menos consumo, menos consumido estoy. Y si voy a consumir, que sean cosas sanas”, señala.

“Algunos me toman de utópico. Hay fertilizantes naturales, no hace falta echarle químicos. Está comprobado que la agroecología funciona. Lo que siempre te dicen es que, si viene una plaga, es imposible frenarla con cosas naturales. No se pueden permitir que haya una cosecha mala porque ya gastaron miles de dólares en agroquímicos, es una rueda que no para nunca”, ensaya. Al mismo tiempo, comenta un informe sobre el establecimiento La Aurora, ubicado en Benito Juárez y destacado por la FAO como uno de los 52 establecimientos modelo de agroecología en el mundo, que el año pasado “obtuvo, en trigo, un rinde de 3100 kilos, cuando un campo de al lado, con fertilizantes y fumigación, tiene un rinde de 3300 kilos”. Y continúa: “La pregunta es cuánto gasta cada uno. Son 900 dólares por hectáreas contra nada, 100 dólares”. Nicolás completa con un razonamiento que no escapa a la actualidad de quienes deciden iniciar un cambio en la forma de producir: “Es cierto es que, si de un día para el otro decidís cambiar la forma de producción, el campo no va a rendir lo mismo, es un cambio de 5 a 10 años para recuperar el suelo. Y esta situación explica mucho de las inundaciones, las pasturas para animales que se eliminaron, los montes que se sacaron, los canales para sacar el agua, la compactación del suelo, todo eso, por más que hagas obras, hace que haya más inundaciones”.

Las verduras que reparte Nicolás tienen otra textura, otra forma, otro sabor. “De la huerta a tu casa”, es la idea central. Con los pedidos que recibe durante la semana, los jueves viaja a las quintas de Jáuregui, Luján, donde se agacha a cosechar con los productores, para repartir las verduras el día siguiente. “La agroecología pretende eso: pasar la voz, intercambiar semillas, no perder variedades de semillas. Hay productores de San Pedro que están produciendo un montón de variedades de batata, siete u ocho. Se habían perdido”, cuenta Nicolás. “Es un volver a la tierra, volver al pequeño productor que vende verduras frescas, eso planteamos. Esto es verdura fresca, barata y sana”, añade. El bolsón de dos y cuatro kilos que ofrece Orgánicos Areco viene con un mix de verduras de estación, y ahora está agregando otros productos, como yerba y miel.

“A mí me gusta el campo, trabajar con la tierra, producir. Hago esto porque veo una salida laboral, pero apuesto a la producción. Ahora estoy haciendo los plantines, esperando que pasen las heladas. Voy a empezar con remolacha, tomate, no muchas variedades, como para completar los bolsones. Yo creo que en el verano ya voy a tener”, se entusiasma.

El mediodía pasa mientras el río, inmutable, fluye como el tiempo. Antes de subirse a su chata, Nicolás larga una última prédica repleta de esperanza joven: “Antes la gente tenía sus frutales, alguna huertita, pero ahora no se ve mucho. Se fue perdiendo esa costumbre, pero este movimiento plantea un regreso a eso, y hay mucha gente volviendo”.