“Ser gaucho no se hace, se nace. Yo nací gaucho. Ser gaucho es ser gaucho y nada más. Quiero mucho a mi tierra, acá soy feliz, me siento parte de mi pueblo, ¿para qué más?”, eso dice Oscar Mosco Pereyra, el abanderado de los pagos de San Antonio de Areco. Ser abanderado significa representar al pueblo en las costumbres gauchas y desfilar con la bandera argentina el 10 de noviembre, el día de la Tradición, el día del nacimiento del poeta José Hernández.

Antes de hablar, Oscar piensa. El hombre de 77 años nació en San Antonio de Areco, tiene descendencia criolla y se crió en el campo. Desde hace 51 años está casado con Rosa, se conocieron en la Estancia la Porteña, siempre trabajaron a la par para criar a sus hijos.

Para Oscar Mosco Pereyra los caballos son sus piernas, sobre el lomo de esos animales se siente feliz. La primera vez que cabalgó tenía cinco años y desde ese día supo que no se bajaría jamás. “Los caballos me han llevado a todos lados. Mi papá me enseñó de chico porque era nuestra movilidad, no teníamos auto, ni bicicleta. Hacíamos los mandados a caballo, comprabamos la carne y el pan”, dice Oscar.

En la segunda semana de noviembre, por las calles de San Antonio de Areco cientos de paisanos y paisanas desfilan a caballo, con las mejores pilchas: una fiesta popular donde el pueblo sale a honrar las tradiciones. Ese día Oscar elige su ropa, el poncho, la camisa planchada, la rastra trabajada en plata que le prepara su hijo. Luce con orgullo su humanidad gaucha: “Para mi es un un halago ser abanderado”, dice Oscar, sentado en el patio de su casa, botas de cuero negras, bombachas azules, camisa celeste, un pañuelo de arabescos con un nudo perfecto, sombrero de alas anchas y una rastra con un águila imponente, regalo de su hijo platero.

Su primer caballo se llamó Guanaco, gran compañero de aventuras. Su abuelo, su bisabuelo y su papá fueron domadores de caballos. De ellos aprendió el oficio. “Una sola vez me pateó uno. Con las patas me levantó y cuando estaba por el aire me dio una patada. No me hizo nada pero terminé lejos. Me levanté y lo fui a buscar: le apreté las cinchas y salimos andar”, recuerda mientras se ríe.

A los ocho años dejó el colegio porque quería salir con su padre a cabalgar por el campo, y ayudarlo en el arreo de vacas. Así se sentía libre. Oscar aprendió de su abuelo a curar animales con las ramas de espinillo. En los mayores encontraba la sabiduría: “Cuando hacía las cosas mal y me retaban yo acepTaba porque sabía que me estaban enseñando. Yo aprendí de la gente grande ellos fueron mis maestros”, dice.

Para Oscar ser gaucho significa aprender hacer las cosas solo: él observaba con atención a los viejos del campo para aprender. Así aprendió a capar los potros, de un tío soguero aprendió hacerse las sogas para sus caballos: “Mal o bien me gusta hacerme las cosas. No me gusta mandar a nadie. Me gusta ser libre. A veces prefiero perder: vale más la honestidad, nunca le saqué ventaja a nadie. Si un fierro vale cinco pesos no me gusta venderlo a diez para sacarle unos pesos más. Nací pobre y moriré pobre. Mi papá era así, él me dijo ´nunca intentes sacarle ventaja a nadie´. Me gustaría que me recuerden como un hombre honrado. Si hubiese sido ladrón, ventajero o peliador no me sentiría bien, así estoy bien”.

Oscar reniega y se entristece con las injusticias: “La gente vive mortificada, no hay derecho. Hay gente que no tiene ni para comer”. Se acomoda en el banco y dice: “Si pudiese aconsejar a los jóvenes les diría que vivan una vida sana lejos de la gente mala. En Buenos Aires hay mucha gente mala. A los chicos los echan, no les dan consejos. Siempre precisamos que alguien nos ayude para aprender”.