Fotos Cami Benítez Fotografía

Parado frente a la olla mirando las burbujas de esa mermelada de manzana que se cocina lentamente, Osvaldo Farjat sabe con exactitud si tiene la cantidad suficiente de azúcar. Con solo mirar los globitos que explotan como burbujas al viento, puede adivinar que la receta tiene la proporciones correctas. En ese instante, mientras Osvaldo revuelve en silencio, dice que se zambulle en un trance que navega en otro mundo, un mundo en donde se olvida de los problemas cotidianos y entra en la mágica fantasía de recuerdos de su infancia, de sus abuelos y su padre cocinando en medio del campo. El recuerdo de los olores a fruta recién cortada, de los tomates hirviendo para hacer salsa para comer la pasta hasta el invierno.

“Me entusiasmo mucho con mis proyectos, soy muy sanguíneo, le pongo mucho de mí a mis emprendimientos. Hasta que no me sale bien no puedo parar. Me emociono cuando algún turista que compra los dulces luego me mandan una foto mientras están desayunando”, dice. Aquí comienza la historia de Osvaldo Farjat, un hombre que continúa la receta de dulces caseros que aprendió de sus abuelos y mirando a su padre. Del Pago, un emprendimiento familiar que nació en el living de su casa y que desde 1985 recibe a cientos de turistas todos los findes de semana en su local ubicado sobre la costanera de San Antonio de Areco.

Osvaldo heredó de su abuelo libanés la facilidad de ser comerciante; su vida siempre estuvo ligada al comercio y al trato con turistas. “Mi abuelo, Nicolás Farjat, era granjero. En el Líbano se hablaba de Argentina y el quiso conocer nuestro país. Viajó en barco, en primera clase y allí conoció a la que sería mi abuela, María Teresa Fernández, que viajaba en clase turista escapando de la dictadura de Franco. Para poder comer, los pasajeros de clase turista organizaban bailes arriba del barco y allí se conocieron y se enamoraron”, cuenta Osvaldo.

Al bajarse del barco, con ese impulso pionero del todo por delante, Nicolás y María Teresa fueron hasta Derqui, en Pilar. Compraron unas hectáreas de campo, donde plantaron árboles frutales para hacer dulces y conservas. Luego se mudaron a Luján, donde Nicolás puso una panadería. Apenas nació Osvaldo, Nicolás falleció y su familia decidió vender las hectáreas de Derqui y mudarse a una granja en Solis. Enseguida armaron una quinta de frutas y verduras. Sandías, melones, naranjas, duraznos, zapallos, exquisitos tomates, algunos conejos y gallinas para consumo de la familia. Osvaldo crecía viendo y aprendiendo de su papá mientras cocinaba dulces caseros y conservas y salsas de tomate perita que envasaban en las antiguas botellas de lata de aceite Cocinero.

El primer negocio que tuvo Osvaldo fue una casa de bijouterie en pleno centro de San Antonio de Areco. Una tarde de 1984 lo visitó Hugo, un amigo panadero. Lo tentó para que hicieran alfajores; como buen emprendedor, Osvaldo no dudó un segundo. Los alfajores se llamaban Arequito, el negocio funcionaba muy bien hasta el día trágico en que su amigo murió en un accidente sobre la ruta 8. Ese día decidió abandonar el negocio.

Osvaldo se casó y se construyó una casa en el barrio Amespil que recién se estaba poblando. Enseguida le llamó la atención la cantidad de colectivos llenos de turistas que paraban enfrente de su casa. Para el día de la primavera, fines de semana largos, fechas patrias, filas y filas de colectivos estacionados.
Algo les tengo que vender- pensaba Osvaldo al ver el tumulto de personas que llegaban de todo el país.

Se iluminó una tarde en la que su suegro le hizo probar unas aceitunas y mermelada de manzana, y le dijo que él tenía la máquina para envasar al vacío. Se acordó de su padre haciendo dulces, de las historias de su abuelo y su abuela. Osvaldo supo que le vendería a los turistas mermeladas caseras y conservas. Pronto comenzó a ensayar la receta, sencilla, azúcar y frutas de estación. Al principio se acercaba a los colectivos y les ofrecía los frascos de dulces de manzana y zapallo, con el tiempo llegaron a tener más de 60 variedades de mermeladas. “Éramos los únicos en Areco que hacíamos dulces naturales, de hecho se llamaban ‘Volver a lo Natural’. Luego patentamos Del Pago que significa del lugar y ahí arrancamos”, dice Osvaldo.

Al ser los únicos en ofrecer un producto casero corrió el dato boca en boca y las mermeladas Volver a lo Natural empezaron a llegar a las góndolas de los supermercados y a los almacenes del pueblo. La recepción entre los turistas fue tan buena que luego armó unos carteles para guiar a los visitantes hasta su casa. Pero era tanta la cantidad de gente que llegaba en busca de los dulces caseros que la familia no tenía intimidad, en medio del almuerzo, el desayuno o la siesta algún turista aparecía golpeando las manos para comprar unos frascos de mermelada. Y como ellos eran tan hospitalarios, a más de uno los invitaban a sumarse al almuerzo o a tomar un café.

El emprendimiento familiar no paraba de crecer. Una empresa de San Pedro le ofreció a Osvaldo que fabricaran dulces para ellos. Para llegar con las entregas contraron empleados, semanas sin dormir haciendo mermelada. Osvaldo se dividía en su trabajo en la Municipalidad de San Antonio de Areco y la cocina. “Me acuerdo que en la primer entrega nosotros le pusimos el precio y en la segunda nos dijeron que ellos serían los encargados de ponerle el precio a la entrega. Ya habíamos cargado un camioncito con más de 5000 mil frascos de dulces. Y me negué. Con eso, paradójicamente, comenzamos a crecer. Teníamos que vender 5000 mil frascos de dulces ¡teníamos dulce para hacer dulce!”, recuerda mientras se ríe.

Era 1985. Osvaldo decidió que era el momento de dar el salto y comprar un terreno y armar un local para vender los productos. Justo se vendía uno frente al río, a metros del Puente Viejo, el epicentro turístico de San Antonio de Areco. Allí montaron la primer feria de artesanos: alquilaban 20 puestos en la galería del local. La idea era que circulara gente para poder vender los dulces, luego sumar comida, luego alquiler de bicicletas. La galería de artesanos duró unos años hasta que quedó el negocio tal cual está ahora: una repisa de piso a techo llena de dulces caseros, cerveza casera, alfajores caseros. Todo hecho a mano con la receta de los ancestros y, por sobre todo, con mucho amor. Osvaldo dice mientras se emociona: “El local, la marca soy yo. Para mi significa ser uno, lo levantamos desde los cimientos y es mi alegría”.