En 2010, Stella Maris Dinoto, comenzó a dar cursos gratuitos de peluquería en los comedores, sociedades de fomento, clubes y espacios culturales de los barrios más vulnerables de Bahía Blanca. El proyecto tuvo una buena recepción: a las clases asistían entre 15 y 20 personas por taller. En ese entonces, con la ayuda del Municipio a los asistentes se les brindaban las herramientas necesarias para aprender el oficio de peluquería. Cuando los tres primeros grupos se recibieron, a Stella se le ocurrió dar otro paso: “Yo tenía una peluquería en pleno centro de Bahía. Cuando empecé a caminar los barrios me di cuenta de las carencias que había, entonces les pregunté a mis alumnas si no me acompañaban para hacer una recorrida todos lunes, que son los feriados de las peluquerías, para cortarles el pelo gratis a chicos y grandes de los barrios más golpeados. Empecé a ofrecer el servicio gratuito a muchas instituciones de Bahía y comenzaron a llovernos pedidos”, recuerda Stella.

Todos los lunes se juntaban las diez peluqueras y armaban la hoja de ruta. Un día, volviendo de un barrio humilde, mientras avanzaban por una calle de tierra bajo el sol y el viento de las dos de la tarde, las mujeres caminaban con la felicidad de haber brindado su tiempo a personas que lo necesitaban. Una de las chicas le propuso al grupo que debían tener un nombre. En ese instante pasó un patrullero de la policía a toda velocidad. Stella miró la escena y automáticamente se le ocurrió el nombre: “Somos las peluqueras en acción”, gritó. El nombre hacía referencia a una serie de televisión que ese momento estaba en pleno auge. Peluqueras en acción fue la precuela del Banco de Pelucas solidarias de Bahía Blanca. Una ONG que persigue un objetivo: devolver sonrisas y esperanza a personas que están atravesando un momento duro de la vida.

En un Peugeot amarillo modelo 1980, Stella cruzaba la ciudad para dar clases. La movida crecía a un ritmo imparable. Cada lunes solidario, las Peluqueras en Acción recorrían ocho barrios. Cuando el proyecto cumplió dos años sucedió un giro en la vida de Stella. Como todos los días, llegó a un barrio para enseñar el oficio de peluquería. Una señora se le acercó con una peluca de cotillón y le pidió por favor si no la podía ayudar a embellecerla. “Su nieta cumplía quince años y la mujer quería estar linda para ese evento. En ese momento no existían bancos de pelucas. Y lo que tenía la señora era imposible de arreglar. Entonces fui al Municipio Bahía Blanca y hablé con Diego Palomo, que en ese momento era Secretario de Salud y Desarrollo Social. Le propuse armar un banco de pelucas. Enseguida le gustó la propuesta. Y le pedí a un amigo periodista que diera a conocer la iniciativa”, recuerda Stella.

La respuesta de la gente fue inmediata. Al principio recibían pelucas donadas, la primera semana juntaron 80, un número que las sorprendió. Stella les propuso a sus compañeras peluqueras si la acompañaban con el proyecto. Todas aceptaron sin dudarlo. Sobre la marcha fueron perfeccionando la iniciativa.

Una tarde, en un barrio, una de las alumnas le preguntó a Stella cómo venía el proyecto. Ella se confesó y le dijo que estaba un poco frustrada. Pese a que la ayuda de los vecinos de Bahía era increíble, las pelucas que recibía estaban pasadas de moda incluso algunas eran imposibles de arreglar. La solución era aprender a fabricar pelucas. “Cuando dije eso una de las chicas me escuchó y me contestó que sabía tejer pelo y que tenía un bastidor para hacer pelucas. La chica vivía a tres cuadras, así que fue corriendo a buscar el bastidor”, recuerda con una sonrisa Stella.
Una de las voluntarias se ofreció a que le cortaran un mechón de pelo y así Stella aprendió la técnica. Luego tuvieron que fabricar bastidores y cascos. La madre de Stella, con 85 años compró una peluca para sacarle el molde y así logró conseguir la receta del armado.

“Todo lo hicimos nosotras. En los barrios comenzamos a decir que los que se cortaran 20 centímetros donaran los mechones. ¡Impresionante Bahía Blanca! Ahora tenemos más de 700 kilos de pelo y una peluca pesa más o menos 200 gramos. Se hizo tan carne en la sociedad que no hay vuelta atrás”, dice orgullosa Stella.

En algunas fechas especiales, las Peluqueras en Acción se juntaban en la plaza principal, ponían un gazebo y cortaban el pelo gratis: los mechones iban para el banco de pelucas. El proyecto avanzó con amor y trabajo voluntario. Hace tres años lograron conseguir una casa para transformarla en la sede. Por su trabajo, Stella fue honrada con las menciones de Mujer Destaca de la Provincia de Buenos Aires.

Por lo general, a Peluqueras en Acción se acercan mujeres que están bajo tratamiento de quimioterapia. En el banco también trabaja una psicopedagoga por si alguien necesita contención y apoyo. Stella aún recuerda la primera peluca que entregó. Fue a una chica de 40 años, uno de los talleres lleva su nombre: Hilda Bianco. En ese momento tan delicado para ellas recobrar el aspecto físico es clave. Desde que comenzaron en 2012, llevan entregadas más de 2000 pelucas: cada una lles llevó 70 horas de trabajo a las 20 voluntarias, que todos los días donan su tiempo para aliviarle la vida a otras personas: “Las pelucas son a pedido. Las mujeres se contactan antes de comenzar el tratamiento. Nosotras les pedimos una foto para copiarle el color y el corte. Cuando las retiran sienten una gran alegría: se miran al espejo y se ven con su color de pelo y el look que tenían antes de la caída del cabello. Nosotras hacemos lo que sabemos hacer: recobrar la estética. Nunca busqué el agradecimiento. Soy peluquera desde los 18 años, y me fue muy bien, pensé que debía devolverle a la sociedad todo lo que ella me había dado. No me imagino haciendo otra cosa en mi vida. Peluqueras en Acción es un logro y un orgullo. Y entender que lo que uno hace lo hace por amor”, dice Stella.