Fotos: Cami Benítez

@camilabenitezs

Las cuatro patas de Coco apenas tocan el piso de cemento alisado. El cascabel que le cuelga de su collar no deja de sonar. El mini Caniche Toy acelera como si fuese un galgo persiguiendo a una liebre el pleno campo pero choca contra el lomo inmenso de Mica. Mica -cruza de cruza de Fox Terrier, pelo duro café con leche- interrumpe la siesta. Echada debajo de una mesa, inmersa en el sopor de noviembre, mira al cachorro que le mordisquea una oreja como para invitarla a jugar, pero es un intento inútil. Mica seguirá durmiendo y el Caniche se irá corriendo hasta los pies de Iris que lo alzará y le dará tres besos en la cabeza. La mujer lo dejará en suelo y seguirá atendiendo comensales en la Parrilla Rancho El Tata -«Lo de Castillo»-. Eso sucede un mediodía cualquiera, en este restaurante al costado de la ruta 8 sobre el kilómetro 133, abierto hace 61 años y atendido por sus dueños. “Este lugar es todo para mi. Acá está mi historia. Llegué con mis padres cuando tenía cuatro años y nunca me fui. A los ocho empecé a ayudar en el negocio. Vivo en un estado de amor. Lo más importante es cuidar la camiseta de la vida que en fin es la camiseta del lugar. Los sábados a la noche -con el cansancio de la semana encima- pienso ´soy una aburrida, toda una vida me la pasé acá´. Pero me levanto al otro día feliz y vuelvo a empezar”, dice Iris Cicarelli, el alma de la parrilla.

Iris nació en San Antonio de Areco. Cuando ella era muy pequeña, sus padres -Nicolás y Elsa-, sin trabajo ni dinero, decidieron mudarse al costado de la ruta 8. Allí Fernando Rodríguez, padre de Elsa y abuelo de Iris, acababa de cerrar una estación de servicio. Con el dinero que había cobrado de la indemnización decidió armar la parrilla. Además compró un colectivo para ofrecer a los vecinos de Duggan un transporte interno por el pueblo y un tramo hasta Areco. Corría el año 1961, y ese paraje era una pequeña ciudad, muchísimo más poblada de lo que luce hoy: había casas, estancias que empleaban a los pobladores, un taller de mecánica ligera que daba auxilio a los viajantes de paso. Un amigo de Nicolás le prestó los materiales para construir la parrilla. Él mismo levantó el rancho: una parte del local prefabricado y la otra de ladrillo, piso de cemento y techo de madera. Desde sus inicios fue un lugar de encuentro de vecinos, de camioneros que frenaban para almorzar, de turistas que iban especialmente a disfrutar de los asados hechos a leña y de una atención familiar que los hacía sentir como en su propia casa. Eso se mantiene hasta hoy. Hay clientes que van desde hace años y ya son parte del rancho.

El primer recuerdo de Iris fue cuando tenía cuatro años. Su hermana de meses se había escapado gateando hasta una alcantarilla pegada a la ruta. Los gritos de su madre Elsa evitaron una tragedia. La familia Cicarelli se dividía las tareas. Elsa era el cerebro de la parrilla, se encargaba de planificar el día y de cocinar los postres y los manjares caseros. Nicolás tenía el carisma necesario para encantar a los clientes: se levantaba temprano, acomodaba a los caballos, escuchaba la radio, leía el diario y a las 11 de la mañana -puntual- Nicolás prendía el fuego. Así todos los días, impenitente. La puntualidad y rigurosidad la había aprendido de joven cuando trabajaba en el servicio doméstico de la familia Güiraldes. A las dos y media de la tarde, Iris llegaba del colegio en un colectivo Chevallier frontal que la dejaba al costado de la ruta. Se ponía el delantal y pasaba el resto de la tarde atendiendo mesas. Desde que abrían a la mañana hasta la medianoche la parrilla era un parador, un clásico obligado por los que pasaban por la ruta.

“Crecí en esta parrilla. De tanto trabajar muchas veces, me sentaba un ratito, apoyaba el brazo en la mesa y me quedaba dormida. Siempre me inculcaron el respeto por el laburo y que todos los días hacés la llave del negocio, así son los trabajos independientes. Estoy inmersa en esto, no podría hacer otra cosa. Tampoco podría ir con este negocio a otro lado. Ahora cambió mucho. De lunes a viernes los laburantes casi no frenan para almorzar. Trabajamos más fuerte los fines de semana”, cuenta Iris.

En la zona todos conocen la parrilla como lo de “Castillo” y muchos piensan que así era el apellido de Nicolás. Pero en realidad, el nombre esconde una gran anécdota. Cada vez que le preguntaban a Nicolás por qué le decían Castillo él prefería mantener un halo de misterio. Hasta que un amigo de él, develó el secreto y contó que Nicolás se crió en el paraje “El Pescado” y que, cuando tenía veinte años, fue alquilado por el Comandante Solveyra, que por ese entonces era la mano derecha de Juan Domingo Perón. “El comandante tenía caballos de polo y mi papá era su petisero. Resulta que mi papá cantaba e imitaba a Alberto Castillo. Y por eso quedó ese apodo. Es un nombre que le marcó su identidad. Si yo digo Cicarelli nadie me conoce… ahora si digo Castillo, sí”, ríe Iris.

De las paredes del rancho cuelgan fotos de caballos, equipos de polo, dibujos, pinturas. Todos llevan palabras de agradecimiento al Rancho. Una salamandra que atempera el salón en los días de invierno; ventanales con vista al parque repleto de malvones, plantas carnosas, un inmenso jazmín de leche que florece en primavera, formando una arcada blanca y que perfuma el aire. La parrilla no solo es un restaurante sino un lugar de pertenencia y de amor para los comensales. Entre Iris y los clientes hay un contrato de afecto. Ella dispone el tiempo para dedicarle a cada uno, porque cada uno es especial. Con muchos tiene un vínculo que creció con los años y con las ganas de extasiarse con los manjares de la parrilla: los chinchulines crocantes, el asado en su punto justo, las empanadas de carne dulce que son todo un clásico del Tata, los flanes caseros hechos con las recetas de las abuelas. Cuando se murieron Elsa y Nicolás, Iris siguió con la parrilla. Hizo algunas reformas para agrandar el lugar y para que los clientes estuvieran más cómodos.

Iris, se levanta temprano, disfruta de las mañanas mirando las plantas o leyendo un libro a la sombra de algún árbol, siempre rodeada de perros. A las once abre el Rancho y arranca el trabajo hasta las cinco de la tarde. Durante esas seis horas no tendrá tiempo ni para sentarse. Estará atenta a cada mesa, con una memoria admirable se acordará de cada pedido. Avanzará a paso ligero de la cocina al salón, del salón a la cocina cargada de bandejas, con ensaladas, papa fritas humeantes, bebidas, achuras. Y cuando cada comensal se va del Rancho les deseará un buen retorno y les ofrecerá un caramelo para el viaje. Tanto le pone y puso el cuerpo a su trabajo que va a yoga para poder estirar los músculos cansados de tantos años de ir y venir. “Tengo a mis corazones que están conmigo, Ivana es mi mano derecha, ella piensa y resuelve de una manera exacta. Andrea trabaja en la cocina. Miguel y Luis son los parrilleros. Todos ponemos lo mejor y trabajamos parejo. Es un ambiente sano. La gente que viene es porque le gusta estar acá. Todo lo que tengo y soy se lo debo al Rancho del Tata. Hice de esto un refugio de emociones. Con gente que quiero mucho”.