Fotos Lulú Magdalena

Cada vez que pasa por el frente de la parroquia San Antonio de Padua, Raúl concentra su mirada en la cima de la torre. Con el celular en su mano, mira intercaladamente la hora indicada en su pantalla y la compara con la ubicación de las pesadas agujas de hierro del reloj. Si nota una pequeña diferencia horaria, no duda un segundo en encarar los 90 escalones para darle cuerda y ajustar el mecanismo que él mismo arregló con sus manos.

Sentado en el living de su casa, Raúl habla y de fondo suenan las campanadas de los más de 10 relojes que está arreglando. En la mesa redonda del comedor, una lámpara ilumina sus manos que manipulan un pequeño reloj despertador. A su lado, una caja de herramientas, y detrás suyo, un fichero en el que guarda todo lo necesario para su trabajo. “Esta es una máquina francesa, no hay muchas así. Tenía gastado el ejecito que va ahí adentro, la bancadita que tiene, se la arreglé, se lo puse y salió andando”, explica dándole vueltas al aparatito. “A esto lo tengo que emprolijar, limpiar el cuadrante y lijar un poquito el mueble”, agrega.

Raúl tiene 84 años, pero una vitalidad asombrosa, alimentada por una curiosidad inagotable por todo lo que tenga que ver con “mecanismos” y tecnología. “Parece que voy a contramano, me gusta todo lo nuevo y tecnológico, pero arreglo relojes viejos”, dice entre risas, mientras enseña el lugar clave de su casa: “Esta es la sala de terapia intensiva”. Ahí, sobre la pared, hay cinco relojes que están peleando por mantenerse con vida y cumplir con su única misión: seguir dando la hora exacta.

“Antes, el reloj era todo en una casa. Me contaba mi mamá, que vivía en un tambo, que el reloj se ajustaba por el paso del tren y por la salida del sol, que se chequeaba con la información que venía en el diario todos los días”, dice Raúl, quien se convirtió en relojero por esos avatares de la vida. Corría el año 2000 y se había quedado sin trabajo. “Tuve que dejar la actividad agropecuaria, que la había hecho durante toda mi vida. Arranqué allá por la década del 50, andaba manejando máquinas”, recuerda.

Su espíritu inquieto se manifestaba a todo momento. De pequeño, solía desarmar cuanto aparato tuviera en frente. “Le desarmaba el reloj a mi vieja siempre. Los despertadores… porque si tocaba el reloj grande, mi mamá me sacaba con la escoba”, ríe. Raúl los desmembraba para simplemente ver el mecanismo que los ponía en marcha.

Por eso, no le resultó tan difícil encontrar en la relojería una nueva forma de emplear su tiempo luego de la crisis. Así de natural fue: “Un día le dije a la señora de al lado, si quería que le arreglara el reloj. Lo tenían en una piecita afuera, lleno de tierra y telaraña. Así empecé, la gente se enteró y empezó a venir porque no hay mucha gente que arregle relojes y todavía hay muchos relojes viejos”.

Había algo, más allá de la necesidad. Era justamente su obsesión por el funcionamiento de las cosas. Tal es así que cuando entra a alguna casa y ve un reloj parado, se acerca sigiloso para darle cuerda. Y cuando está concentrado en reparar algún aparato, el tiempo se le desvanece: “Pasan las horas y no me doy cuenta”. Sólo una cosa hay en su cabeza: “Pienso solamente en que ande”.

Su larga trayectoria manipulando maquinarias, las dificultades que atravesaba viviendo en el medio del campo, las necesidades cotidianas y la falta de recursos, fueron moldeando su creatividad. Hoy es capaz de recrear piezas inhallables para poner en marcha engranajes complejos y antiquísimos, como cuando reparó un reloj que pertenece al Parque Criollo y Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes: una máquina inglesa de más de 200 años, íntegramente de madera. “Por ejemplo, suelo hacer soldaduras con plata y después las limo. He arreglado relojes grandes de pie con engranajes de un despertador y un rayo de bicicleta. Y está funcionando. Te la rebuscás. Eso es por haberme criado en un lugar con necesidad, era todo a fuerza de ingenio en el campo”.

Raúl asegura que lo que mantiene vivo su oficio es el valor afectivo por los relojes. Por eso no le sorprende que gente joven llegue con viejos y pesados aparatos para arreglar. “Todos tienen una historia y es lo que a mi más me gusta de esto”, asegura. “Es más el valor afectivo porque es de los abuelos. Por ejemplo, yo arreglé el de mi abuela, que está en Giles, que lo había comprado en 1902. Otro de mis suegros, que lo habían comprado en un remate en Pergamino en 1909”.

Raúl se detiene entonces en una historia que se le viene rápidamente a la memoria, sobre una mujer que le había llevado un reloj que era de sus padres y que había sido colgado en la pared de un almacén de Ramos Generales, en 1917, donde ella se había criado. “Cuando escuchó las campanadas del reloj, se puso a llorar. A mucha gente le pasa eso y es lo más lindo del oficio”.