Cuando el parate económico por la pandemia del coronavirus era ya una realidad, Ariel Muzi juntó a la familia de trabajadores de su empresa METROpallets para debatir cómo podían darle una mano a su comunidad, Bahía Blanca. De esas largas charlas e intercambios, surgió el programa Hola Abuelo, una línea abierta las 24 hs atendida por ellos mismos para que los adultos mayores encuentren alguien con quien charlar, y una colecta para donar más de 3 mil kilos de papa al Banco de Alimentos local.

“Tenemos problemas económicos, pero no podemos dejar de mirar el aspecto social. Seguimos haciendo acciones, todo el equipo de trabajo lo entiende y lo toma como un compromiso personal. Todos ponen tiempo, hasta dinero para hacer colectas. Se involucran. No es un tema de empresa, no es que sale de la caja del dueño, sino de todos los que trabajan en Metropallets”, dice.

Lo cierto es que si la pandemia hubiese ocurrido cuatro años atrás, la reacción de Ariel hubiese sido totalmente diferente. “Nosotros éramos una empresa que pensaba al revés”, reconoce. Nueve años atrás, Ariel vendía un negocio de transporte escolar y arrancaba, solo, reparando pallets para venderlos a algunos clientes que había logrado reunir. “Noté que esa actividad estaba desarrollándose en un marco de informalidad absoluta. Todos los que trabajaban en el rubro, lo hacía en condiciones pésimas. Empecé a darle formalidad, a sumar a todas las personas que estaban en la informalidad y pasaron a ser mis proveedores”, cuenta. La industria, que es el cliente final, valoró muchísimo esta iniciativa y empezaron a demandar cada vez más. El crecimiento fue exponencial: año tras año, duplicaban la producción.

El proceso productivo arranca cuando reciben pallets rotos o incompletos, los reparan y los vende en en perfectas condiciones para ser reutilizados. “La industria nos pide ese producto como si fuésemos fabricantes. Sin embargo, no compramos ningún insumo para procesar, sino que compramos un producto usado, en mal estado. Ni siquiera compramos madera nueva, toda la madera que usamos es reciclada”, explica.

Ariel, concentrado en generar valor económico, no había comprendido el poderoso alcance de lo que estaba emprendiendo. Primero, detectó el valor ecológico de la actividad: la enorme cantidad de madera que volvían a colocar en circulación. Él calcula que han salvado más de 300 mil árboles. Luego, el valor social de su empresa. “Eso lo entendí hace tres años. Antes salía a contratar personas para un trabajo sucio, manual, y los únicos que encontraba estaban en el mercado informal. Yo no reparaba que era más que un salario a cambio de un trabajo”, señala.

Tres años atrás, Ariel abrió los ojos y dio un giro vertiginoso. El contacto con el universo de las Empresas B -un movimiento que busca concientizar sobre el triple impacto: ecológico, económico y social-, lo llevó a entender que no se trataba sólo de pagar los sueldos, sino de empoderar a sus empleados, hacerlos formar parte de algo más. “La clave fue un crecimiento propio. Yo soy el mismo tipo, pero los resultados fueron muy diferentes. Yo cambié y empecé a trabajar por ellos. Y ellos empezaron a ser otras personas, no es sólo una relación laboral, sino que hay un propósito. Todas las acciones que hacemos son consensuadas. Siempre les digo que vender pallets es una necesidad para hacer el resto de las cosas. Hacemos bien el trabajo, pero lo hacemos para hacer mejor las otras cosas”, dice.

En Metropallets trabajan 15 personas en forma directa, más 10 externos contratados, Ariel asegura que todos comparten el mismo adn: un fuerte sentido de pertenencia. Incluso, todos tienen la llave de la empresa: cualquier puede ir en cualquier momento del día y abrir las puertas. Y todos participan de las acciones que deciden en conjunto, como el programa Soy Árbol, que tuvieron que interrumpirlo por la cuarentena, y que consistía en plantar diez árboles por mes en distintos puntos de la ciudad. Ese espíritu colectivo es replicado hoy en la dedicación que le ponen a atender los llamados de los abuelos que buscan charlar un rato para distraerse en las largas horas de cuarentena.

Ariel gestionó la certificación de empresa B luego de participar de un encuentro en Vicente López. En ese momento, no tuvo dudas. “Me sentí parte de un mundo distinto, y en el proceso de conseguir la certificación, que duró un año, nos copábamos haciendo las acciones que nos pedía el Sistema B”, recuerda. “Fue un viaje apasionante y no hay regreso, no hay vuelta atrás”, asegura. Ariel dice que cada vez que mira por el espejo retrovisor, entiende lo equivocado que estaba: “Cuando ves los beneficios que te arroja, te das cuenta que no tiene sentido lo que estabas haciendo antes. O no tiene el sentido que le das ahora”.

“Antes no la entendía y tuve que vivirla, me llena de emoción haber llegado hasta acá”, dice. Hoy Ariel tiene su cabeza repartida en dos. “Una piensa en mí y la otra en el otro. Trato de que funcionen de manera simultánea. Porque es habitual que cuando uno tiene una dificultad, como lo que está pasando con el coronavirus, lo primero que hace es dejar de pensar en el otro. Yo no quiero que pase eso”, explica. Es tan fuerte su convencimiento de que hay otra manera de hacer las cosas, que no deja pasar oportunidad para hablar con colegas empresarios para incorporen esta visión integradora.

Sabe que es difícil. La gratificación no posible de mensurar en un balance económico. “Es simplemente una sensación estomacal”, describe. “Para un empresario, la única puerta es la económica. Nadie piensa en lo social. Pero cuando abrís esa puerta, te encontrás con una salida. El camino de una Empresa B es animarse a transitar este camino porque la salida está”, dice.

Por eso, más allá de la preocupación por las dificultades económicas derivadas del coronavirus, Ariel transita este desafío con otro ímpetu, sin dejar nunca de lado su principal objetivo: “Quiero que cada uno de los que trabajan conmigo puedan obtener un trabajo mejor”.

Dice que muchos de los empleados no terminaron el secundario e incluso algunos aún tienen el primario incompleto. “Me enfoco en eso porque tiene un efecto cíclico y es que la empresa crece. Yo no tengo que preocuparme por hacer crecer la empresa, porque si yo ayudo a crecer a los chicos, la empresa crece indefectiblemente. Y eso te libera la cabeza. Cuando no tenés ese aspecto solucionado, cada día es un quilombo nuevo. Enfocándome en eso, la empresa crece sola. Es un camino que hay que vivirlo”.