Cuando sus padres dormían la siesta, Luciana Correa y su hermana atendían la despensa familiar: LU-MAR, un minimercado sobre la calle Eva Perón, en Goya, provincia de Corrientes. En medio del calor y la humedad de los veranos que tumban, en la región más subtropical de Argentina, mientras miraban dibujitos animados, las niñas ayudaban a Silvia y Jorge que descansaban una hora. En esos ratos, los clientes eran sus propios amigos de la cuadra, que como todos los niños se negaban a dormir la siesta e iban a la despensa a comprar caramelos, helados o una gaseosa fría. Ellas aprovechaban y comían golosinas. Para que sus padres no las descubrieran, escondían los envoltorios de los alfajores, los chicles y los chocolates en las botellas de vidrio marrón de las cervezas vacías.

Las tareas en la casa estaban repartidas: Silvia se encargaba de la despensa, Jorge trabajaba en su carpintería: el taller se lo había armado en el fondo de la casa. Y las chicas, Luciana y María Eugenia, mientras avanzaban con los estudios, se dividían entre la viruta, las maderas y el ruido de las sierras y las estanterías de la despensa y las tardes en la plaza jugando con los amigos del barrio. Jorge les construía todos los juguetes en madera: las casas de las muñecas, los bancos, las mesitas. “Siempre nos criamos en un ámbito de trabajo. Cuando mis padres dormían la siesta nosotras sabíamos que ellos tenían que descansar y nosotras ayudarlos en esos momentos. Nos criaron bajo un concepto: todo lo teníamos que compartir. Por eso mi papá nos hacía una mesa, una silla o una casita para las dos. Nunca tuvimos algo propio, todo siempre era para las dos”, dice Luciana.

Haberse criado en un barrio le permitió a Luciana tener una infancia al aire libre. A media cuadra de su casa había una plaza en donde pasaban las tardes jugando con los amigos. Juegos de mesa, a la pelota, al juego de bate. En Corrientes, las comparsas son un clásico. Como a Luciana le encantaba bailar se armaba los trajes caseros como los que usaban las bailarinas. Con ramas diseñaba el espaldar y los padres le ayudaban a coser y bordar lentejuelas en retazos de tela. “Cuando vivíamos en el barrio nosotras íbamos al colegio en colectivo o mi papá nos llevaba en moto o en el Fiat 600 azul que siempre se quedaba por el camino y terminábamos llegando tarde. Te daba terror ir en ese auto, teníamos que cargar un montón de agua porque se re calentaba el motor o salía humo y la gente pensaba que nos estábamos incendiando”, dice Luciana, que aún se ríe de la anécdota.

El día que salieron sorteados para recibir el crédito hipotecario Invico (Instituto de vivienda de Corrientes), la familia Correa festejó. Se adjudicaban cien casas. Silvia ya había perdido las esperanzas hasta que del bolillero salió el último número que coincidía con el de ellos.

Cuando escuchó al locutor decir 6204 lloró: el sueño de la casa propia era una realidad. Solo con la plata del crédito no les alcanzaba, entonces tuvieron que vender la casa del barrio. Durante esos seis meses que duró la construcción, la familia Correa se instaló en la casa de una tía que los albergó: los cuatro se acomodaron en una pieza. Todo era felicidad, mientras veían a los albañiles construir ladrillo por ladrillo, los cimientos del futuro hogar.

En la secundaria, Luciana comenzó a ir a un instituto para aprender inglés. Tanto le apasionaba que cuando egresó de la secundaria decidió anotarse en el profesorado de idiomas que se dictaba en Corrientes capital. El plan era vivir con una amiga y compartir gastos en la ciudad. Pero no coincidieron y la ilusión se desvaneció. En el colectivo, de regreso a su casa, la mamá le preguntó cuál era la otra opción para estudiar. “Enseguida le contesté que me gustaría ser Contadora Pública. En la secundaria teníamos el bachillerato de economía y gestión de organizaciones y teníamos buena base de contabilidad. El sueño de estudiar inglés solo lo postergué, pero no lo abandoné. En un futuro me veo siendo docente. Creo que uno aprende enseñando”, dice.

Ese viernes cerraban las inscripciones para la carrera de Contador Público en la Universidad de la Cuenca del Plata. El lunes de la otra semana, Luciana ya estaba cursando. La buena base que tenía del secundario la ayudó para pasar sin sobresaltos los primeros años. “En esa universidad no sos un número. Hay una cercanía entre los profesores y los alumnos. Al mes de empezar la carrera me llamaron para decirme que me habían seleccionado entre muy pocas personas para formar parte de la Fundación Agrupar. Es una organización que da becas a estudiantes, los fondos económicos venían del Banco Galicia. Y desde ahí el banco me acompañó hasta que me recibí. La beca “Potenciamos tu talento” siempre fue un sustento muy importante y un alivio desde el primer día. No solo es un apoyo económico, el detrás de escena es fundamental: todo el tiempo te están apoyando. En la facultad descubrí que me gusta estudiar”, dice Luciana.

En 2013, durante la carrera, Luciana estuvo embarazada tres veces: la primera, Ana Clara nació ochomesina y falleció. “Para mi y para Santiago, mi compañero, fue un golpe durísimo, lo superamos juntos. El estudio, Santiago y mi familia me ayudaron a seguir. En ningún momento pensé en dejar la carrera. De hecho durante esos meses, en los que no pude asistir me siguieron acompañando desde la fundación y desde el banco”, cuenta.

El 5 de diciembre de 2016, nació Ignacio. Al nacer tuvo problemas respiratorios, lo que hizo que estuviera internado diez días en Corrientes capital, conectado a un respirador artificial. “A los seis meses, luego de todo lo que pasó, Igna tuvo convulsiones y hoy en día tiene un trastorno generalizado del desarrollo, un gran desafío para nosotros como padres porque él tiene que hacer terapia, fonoaudiología, terapia ocupacional. Tenemos que hacernos el tiempo para estar presentes y acompañarlo. Luego nació Paulina que también tuvo algunos problemas al nacer y ahora ella está perfecta”, cuenta.

Luciana, a pesar de los golpes siguió estudiando y en plena pandemia, a los 25 años, pudo recibirse. Una experiencia extraordinaria: la última materia, Práctica Profesional Supervisada, la rindió vía internet, en su habitación. Cuando salió del cuarto Santiago la estaba esperando para darle un abrazo. Fue un abrazo al esfuerzo en conjunto.

“Actualmente trabajo como administrativa contable en el Club de Emprendedores de Goya que depende del Ministerio de Producción de la Nación. Ayudamos a emprendedores a desarrollar sus proyectos, a manejar sus ideas, guiarlos en diferentes aspectos. Desde mi área los guío en sus costos, sus gastos, la parte impositiva. Me encanta ayudar a los emprendedores y acompañarlos en los procesos, es muy lindo. Todo el tiempo estoy presente. Ayudé a mis padres en sus emprendimientos: a mi papá en la carpintería y a mi mamá en el almacén, me emociona darles una mano. El sueño de mi papá era ser Contador Público, estudió dos años pero no pudo continuar, él está muy orgulloso que yo lo haya podido lograr”, dice.

Fotos de Exequiel Saavedra
Con el apoyo de Banco Galicia