Fotos: Lulú Magdalena

Todas las tardes, Eusebia Painegüal se sentaba con su nieta Susana con la misión de transmitirle los saberes de modista acumulados durante cinco generaciones en la familia. Ojales, bordados, tejidos, corte y confección. Susana miraba y absorbía no sólo la técnica, sino la dedicación y paciencia, el amor por el oficio. Intercalando palabras mapuches y en castellano, Eusebia le abrió la puerta a Susana de la sastrería criolla: nada menos que a lo que se dedicaría durante toda a su vida.

Sesenta y seis años después, Susana sigue trabajando apasionadamente en su pequeño taller, sobre la avenida Vieytes, en donde abrieron Pilchas Gauchas, un local a la calle en San Antonio de Areco. Acompañada sólo por su nuera, Marcela Guerra, la única aprendiz y responsable de no dejar de pasar la voz a las siguientes generaciones.

“Fue todo de boca en boca, siempre”, arranca Susana, sentada detrás de la máquina de coser que usa hace sesenta años y rodeada de retazos negros de tela de un saco que está haciendo. A su alrededor, entre pinturas y dibujos de Gasparini, y fotos de sus clientes, se desparraman trajes y trajecitos de gauchos y paisanas, vestimentas típicas de esta zona del país. A los 12 años, Susana ya cortaba y cosía, siempre bajo la supervisión de su abuela, que le iba marcando la técnica en la máquina. “Ahora tengo 78 ¡y todavía me encanta hacer esto, me sacan la máquina y me muero!”, ríe.

Descendiente directa del cacique Ignacio Coliqueo, un lonco mapuche boroano y coronel del Ejército Argentino que condujo a su tribu desde la Araucanía y la instaló en la zona que luego se denominó Los Toldos, en la provincia de Buenos Aires, Susana se crió en la Ciudad de Buenos Aires, donde hizo la primaria. Cuando tenía 15 años, su familia se mudó a una chacra en San Antonio de Areco, donde conoció a quien sería su esposo, Miguel Pereyra. “Mi papá me compraba retazos de tela para que le hiciera las bombachas. También hacía enaguas con puntillas. Al principio hacía camisones para mí”, recuerda.

De a poco, Susana se fue haciendo fama entre la paisanada, que todos los años le encargan los trajes, corraleras y bombachas, todas vestimentas típicas para la fiesta de la tradición. “La pieza se hace entera, viene el cliente y se le toman las medidas, se le muestran los modelos, las telas y se le aconseja, claro”, dice. Susana es una gran consejera. “Esta es la zona surera, se usa bombacha angosta, no la ancha como se usa en el norte”, apunta para luego revelar -como quien no quiere la cosa- uno de sus grandes orgullos: “Yo le hago trajes al Chaqueño Palavecino”

Hace más de 20 años, el Chaqueño brindó un concierto en el cine de Areco. Todavía no era, ni por asomo, una estrella del folklore. “Yo lo fui a ver al cine y le pasé una tarjeta. Le dije: ‘Si querés vestirte bien, vení a verme’. En ese momento, no andaba bien vestido. Al tiempo, me mandó a llamar”, cuenta Susana. El Chaqueño estaba en Pergamino y llamó por teléfono: “Hola, Susana, habla el Chaqueño Palavecino”. Susana no le creyó y le cortó el teléfono. “Pensé que eran mis hijos, que siempre me hacen cargadas”. El teléfono volvió a sonar. “¿Por qué me corta Susana? Soy yo, tengo su tarjeta”. El Chaqueño le preguntó si podía recibirlo al otro día.

El día en que fue a tomarse las medidas para el traje, le pidió que no le dijera a nadie. Pero en el camino, paró a cargar nafta en la ruta y se cruzó con otros paisanos, que empezaron a llamar a la radio para avisar que el artista estaba en lo de Susana. Se armó una pequeño piquete en la salida del taller, para sorpresa de la familia Pereyra, que había cumplido con su promesa de no avisar. “Me emociona verlo con la ropa mía, cuando lo veo con otra ropa, me pongo celosa, no lo quiero ni mirar. Al Chaqueño le gusta la bombacha amplia, colgando arriba de la bota, es muy elegante. Yo le digo los colores que tiene que usar, y él me dice ‘sí patrona, sí mamita’”, cuenta. Susana marca con ímpetu uno de los álbumes de fotos, donde el Chaqueño luce un traje negro con flores bordadas a mano, con botones de oro y plata, también hechos por artesanos de Areco.

Marcela Guerra está en pareja con uno de los hijos de Susana. En el 2001, en plena crisis, se volvieron a Areco. “Me vine a ayudarla, ella no tenía el taller todavía, cortaba las telas en la mesa del living. A mí siempre me gustó. Susana no se maneja con moldes; yo aprendí de cero a tomar las medidas: cosía y ella descosía. Mirándola aprendí, porque ella trabaja mucho a ojo”, explica. Marcela dice que desde que comprendió la dimensión de los saberes que portaba Susana, entendió que había una tarea clave que el destino le había encomendado: no permitir que el legado desaparezca. “Yo me enganché mucho. Lo fuerte de ella son los trajes de paisano, es un rubro muy específico. Ella hace sastrería gaucha. Además de ser mi suegra, es mi maestra, mi ejemplo a seguir. A pesar de la vida dura que le tocó vivir siempre esta para brindar contención. A mí me ha enseñado no solo el oficio sino una filosofía de vida. Nuestros clientes son nuestros amigos, nuestra vidriera”, dice Marcela.

Susana mira a su nuera y larga una risa cortita, como si lo que va a decir contradijera alguno de sus mandamientos. “A mí no me gusta enseñar”, sentencia, aunque enseguida afloja: “A la única que le enseñé es a ella. Yo cuando estoy acá, soy feliz. Tengo problemas en las piernas porque estoy mucho tiempo sentada, me olvido de que estoy acá, me pierdo en la máquina”.

Orgullosa, revela que hay paisanos en todas y cada una de las provincias con sus trajes y Marcela cuenta, entre risas, que el año pasado lograron hacer un traje por videollamada. “Susana no lo podía creer. Les dijimos cómo tenían que hacer las medidas y lo mandamos por comisionista”.

Cada vez que termina una pieza, a Susana le cuesta desprenderse, como si un retazo de ella se fuera con cada prenda. Por eso, a todos los clientes les pide de sacarse una foto. Y en todos los desfiles de la tradición, ella se siente en primera fila para contemplar a los paisanos vestidos por sus manos de modista. “Esto lo hago con amor, con entusiasmo, con la idea de cómo le va a quedar… cada tanto, se me aparece mi abuela en el recuerdo, la tengo siempre ahí, hablándome en mapuche…”