Mediados de 2013. Iván Pavelic llegaba a las apuradas a la facultad de Diseño Industrial para una entrega. Arriba del colectivo, con su maqueta, ojeaba las nubes cargadas que amenazaban con una lluvia inminente. Al bajar en la parada, se desató la tormenta. Iván esperó en la garita, pero la lluvia no amainaba. Entonces tomó la trincheta de su mochila, cruzó la calle y cortó un enorme cartel de publicidad con el que envolvió la maqueta. Ya ni recuerda de qué se trataba su entrega, pero sí le quedó grabado que la maqueta había quedado impecable, ni una gota se había filtrado. Al regresar, sentado en el colectivo, miraba detenidamente el cartel de publicidad, la combinación azarosa de colores, las letras superpuestas y vio rastros de belleza. Llegó a su casa y buscó los moldes para mochilas con los que venía ensayando distintos prototipos para diseños propios. Entonces, sin saberlo, nacía la primera mochila de Swahili, un emprendimiento que con el tiempo crecería a base de reciclar bolsas de alimentos para perros, sachets de leche y otros productos y materiales que son la materia prima para productos de diseño. Esta es su historia:

“Desde el inicio, lo que me llamó la atención fue que, al momento de confeccionar los productos, en la búsqueda de quién podía fabricarlos, recorrí muchos lugares, talleres clandestinos, barrios vulnerables. Descubrí todo ese mundo, iba, me quedaba, compartía un mate y me decidía a ayudar para cambiar esa realidad. Entonces conocí a Elías en un taller, que me comentó que había una casa en la periferia de La Plata para alquilar, donde podíamos armar un taller. Nos mudamos y armamos el taller con una máquina y una mesa de herrería. Yo cortaba y él confeccionaba. Así nació el primer taller Swahili, en Los Coquitos. Desde entonces siempre quisimos comunicar la inclusión, saber quién hace tus productos, comercio justo y sustentable.

Al principio había que posicionar un producto que no existía en el mercado: una mochila hecha con bolsas de alimento para perros. Por suerte siempre tuvo mucho reconocimiento, tuvo un lindo alcance. Los consumidores recibieron el producto con la mejor onda, se generó un ida y vuelta muy humano, de familia. Tomamos ideas de ellos, de mejoras en relación a la materia prima. Trabajamos con bolsas de alimentos, sachets de leche, silobolsas, tuvimos que ajustar las máquinas para poder hacerlo. El ritual de Swahili es muy lindo. Hoy en día tenemos un depósito con 10 mil kilos de bolsas de alimento para perros, tenemos lonas de publicidad, descarte de plásticos. Primero se identifica el material, se limpia, pasa a mesa de corte donde están los moldes; se combina, se hace el diseño, y luego pasa a confección. Antes de terminar, se para el producto y se verifica que haya quedado de manera estética.

Mi sueño es que haya un Swahili en cada barrio vulnerable, que sea un oficio, que pueda generar trabajo. También sueño con que pueda expandirse hacia otros países. Aprender el oficio de corte y confección a partir de la basura… ya es un sueño para mí. Queremos seguir creciendo, generando unidades económicas en diferentes barrios, que quede algo, que sea una enseñanza que genere frutos en el futuro”.