Fotos: Lulú Magdalena

Fue un día de primavera en el que Agustina Murillo pasó dos horas arriba del colectivo 109, en medio de un caos de tránsito. Se puso a llorar: ya no soportaba más Buenos Aires. Repetía en silencio y entre llanto, “estoy tardando mucho, no quiero más esta vida”. La desolación se mezclaba con los bocinazos y la quietud de un colectivo que no avanzaba. Ella necesitaba llegar a un local del barrio de Once para comprar telas. Sabía que su estadía en Buenos Aires estaba llegando a su fin; ya había probado con la bicicleta recorrer las distancias inmensas de la ciudad, cargaba kilos y kilos de tela en una mochila con tal de no subirse a un colectivo. Con Manuel, su compañero, cada vez salían menos de la casa que alquilaban en el tranquilo barrio de Villa del Parque. Se refugiaban en su pequeña terraza.

Buscaron todas las alternativas para permanecer, hasta que hace ocho años decidieron dejar la ciudad para probar suerte en San Antonio de Areco. Vieron en ese pueblo un lugar tranquilo y bien ubicado. Compraron una casa con un crédito y Agustina, por primera vez, tuvo su taller y un local donde poder vender sus prendas. Solo faltaba el nombre del emprendimiento. Así nació Tilo, hecho en casa con amor. Un espacio de trabajo, un taller, un local y, por sobre todo, la alegría de concretar el deseo de trabajar en lo que le apasiona: coser.

Después de recibirse en administración de empresas, Agustina se anotó en la carrera de diseño en indumentaria. Por medio de un amigo consiguió trabajo en una Pyme que exportaba ropa desde Argentina y Perú a Estados Unidos, lo que le permitió conocer cómo era el mundo de los talleres textiles. Supo que ese era el lugar donde quería pasar sus tardes, entre hilos, tijeras, moldes y máquinas de coser. Pero por sobre todo supo que su pasión era ser costurera. Entonces se compró su primera máquina de coser. Acomodó el ph que alquilaban con Manuel para poder tener un tallercito, su lugar de paz en la enloquecedora Buenos Aires. Agustina, se repartía los días y las noches entre la administración online de la Pyme, y lo que más le gustaba: hacer ropa que llevaba a diferentes locales y los vendía a consignación.

La filosofía de Agustina es hacer ropa a menor escala para poder estar encima de cada prenda, dedicarle tiempo y por sobre todo amor: “Tilo es mi forma de vida, es mi vida. Hago lo que más me gusta: estar en el taller y hacer ropa artesanal. Nunca de forma industrial. Ninguna prenda que hago es igual a la otra”, dice.

Ya instalados en Areco, Agustina y Manuel reformaron toda la casa; ellos hicieron los techos nuevos, la pintaron, lijaron las puertas, las ventanas. Armaron el taller de costura y el negocio a la calle. Al principio, en el local, vendía ropa de ella y algunas prendas y objetos de diseño que traía de Buenos Aires. Con el correr de los meses, Agustina pudo aumentar su producción y hoy solo vende sus prendas. Manuel, músico y baterista en El Sueño de los Elefantes, tuvo por fin un espacio para dar clases de batería, en el fondo del jardín.

Cuando arrancó, Agustina cosía con máquinas familiares. Tenía tres: una collareta, una overlock y una recta. Pero para crecer necesitaba herramientas industriales. “En 2014 me anoté en un programa del Municipio de San Antonio de Areco que apoyaba el Ministerio de Desarrollo Social, dirigido a los microemprendedores, y solicité una máquina de coser industrial”, cuenta Agustina.

Desde el pedido hasta que le llegó la máquina, Agustina pasó por días de mucha ansiedad. El mediodía que sonó la campanita del local, pensó que era una clienta, se asomó por la ventana y vio un camión y su máquina Overlock industrial. Feliz como cuando era chica y jugaba al negocio de ropa, así recibió la herramienta que le faltaba para crecer. Le llegó una máquina overlock de cinco hilos: “Una hermosura, esa máquina me cambió la vida. Con esa máquina podía coser mucho más rápido y mejor. Debo ser la única ser humana que cose con cinco hilos”, dice, entre risas. Agustina tiene una pesadilla en la que, de vez en cuando, reincide: que a alguien se le descose una prenda que ella hizo. “En el sueño no puedo creer que eso le suceda porque cada costura lleva cinco hilos…”

Sus días están repartidos entre el taller, los cursos que dicta y el cuidado de su pequeña hija, Vera. Antes de entrar a la habitación donde tiene las máquinas, Agustina persigue un ritual: se prepara el mate, acomoda el taller y pone música. Desde hace unas semanas busca inspiración en el disco de Caetano Veloso, que compuso con sus hijos. Allí se siente liberada. Cose con la afable compañía de su perro Fermín, un Golden Retriever dorado. “El local es más amor que dinero. No vivo de eso, pero es lo que me apasiona. Durante años trabajamos para que Tilo estuviese abierto. También doy talleres de moldería, corte y confección”, cuenta.

Agustina estuvo en todos los detalles de esa remera que ahora cuelga de una percha en el local de la calle Alem o en esa mochila reforzada con detalles amarillos, en el pijama o en el almohadón estampado. Hace todo. Todo: viaja al barrio porteño de Once para comprar la tela, diseña los nuevos modelos, confecciona los moldes, los cortar, estampa las telas, coser, hace las etiquetas, atiende el local y vende.

Acaba de dormir a Vera, acomoda el mate y dice: “Es hermoso saber el circuito de cada prenda. Cuando alguien compra una remera de Tilo hay mucho amor por detrás. Deseo que cuando alguien se compra algo del local no le de lo mismo que comprarse algo en una casa de ropa industrial. Yo me acuerdo de quién se compró cual o tal mochila. De alguna manera me despido de cada cosa que vendo, se va una parte de mi en cada prenda. Una parte de mi vida está ahí. Aún me emociona cuando veo a alguien por la calle con algo de Tilo. No hay dos remeras iguales. Es mucho tiempo, amor y trabajo. Les aconsejo a los que se saturaron de Buenos Aires y quieren hacer lo que les apasiona que eso lo pueden trasladar con ellos adonde sea”.