Joaquín tiene 32 años y está al frente del tambo modelo de la empresa de su familia “Integral Agropecuaria”, en el distrito de Susana (11 km al Sur de Rafaela) donde trabaja junto a sus padres Hugo y Gabriela, y a su hermana, Pamela.

Cuando decidieron alquilar el establecimiento “La Otilia”, que está ubicado entre el ingreso al pueblo y la autopista nacional 34, sus 120 hectáreas de suelo clase 1 se destinaban a producir granos y leche, en un precario tambo de 800 litros diarios. En ese momento Joaquín cursaba los últimos años de su carrera de Agronomía en Esperanza y estaba decidido a emprender el duro desafío de intensificar la producción láctea, para lo cual le propuso a su padre escalar en un sistema de alta productividad y competirle de igual a igual al negocio agrícola, algo que a priori parecía una utopía. Sin embargo, en su mente joven y proactiva maduraba una idea aún más intrépida, hacer un tambo que además de eficiente y rentable sea sustentable, abrevando en el concepto de lo que hoy se conoce como “economía circular”.

Investigando las formas de dar el primer paso, mientras se ampliaba la estructura productiva para albergar un rodeo creciente que amplifique exponencialmente el volumen de leche y potencie la rentabilidad del tambo, Joaquín se entera que en la Facultad un estudiante había presentado un novedoso proyecto para convertir el problema de los efluentes en una oportunidad sustentable para el negocio. Se trataba de la instalación de un biodigestor flujo pistón tubular para tambo, que permitía procesar el abono de las vacas y transformarlo en energía reutilizable dentro del sistema. Así, tomó contacto con Martín Rostagno, el joven en cuestión que le contó en detalle su proyecto y lo terminó de convencer para plasmar en la realidad de una empresa, la teoría de su trabajo académico.

Tres años después
Martín Rostagno tenía 24 años cuando se recibió en 2019, y apenas obtenido su título de Ingeniero Agrónomo, emigró a Nueva Zelanda en busca de una experiencia profesional enriquecedora en la meca de la lechería pastoril. Allí no sólo que consiguió trabajo rápidamente, sino que pudo hacer carrera y capacitarse en gestión, manejo del pasto y nutrición, logrando estirar su estadía por tres años hasta su retorno hace pocas semanas.

Por eso cuando se enteró que Joaquín y su familia habían concretado aquella idea que él desarrolló durante su práctica profesional de estudiante, siempre quiso venir para Susana a conocer el sistema funcionando. “Es una alegría para mí estar hoy acá junto a Joaquín y ver que el biodigestor es una realidad, no uno sino dos, funcionando a pleno tal como lo imaginé desde la teoría”, contó el joven ingeniero, este martes pasado, en oportunidad de una jornada que el INTA Rafaela organizó bajo el título “Un viaje a los tambos sustentables”.

El propio Martín Rostagno cuenta como se desarrolló esta historia. “Cuando yo estaba terminando la facultad, me decidí a hacer la práctica profesional enfocado en el tema del manejo de efluentes de tambo, porque consideraba que en nuestro país no se estaban manejando adecuadamente y eran una gran problemática”. Dice que en un momento dado advirtió que bien manejados los efluentes podían dejar de ser un obstáculo para convertirse en una oportunidad de mejorar el negocio. “Entonces allí surgió trabajar sobre el tratamiento de efluentes y después de leer mucha bibliografía al respecto, se me ocurrió la idea de un biodigestor, de lo cual todavía no se sabía mucho porque en Argentina sólo un tambo lo tenía funcionando”.

Martín reconoce que “al principio fue una idea resistida en la Facultad”, porque había más detractores que adeptos, quizás por lo desconocido del sistema. “Mucha gente no creía; me decían que no funcionaría en clima frío, que la capacidad de producción no justificaba el costo que tenía, que el biogás que producía no era rentable, etc. Pero seguí adelante con mi proyecto apoyado en mis tutores, hasta que apareció Joaquín, interesado en indagarlo y dispuesto a animarse a probarlo. Y es así como se convirtió en el primero de los tambos santafesinos convencionales en materializarlo”.

La fuerza de la convicción
Para Joaquín Alquati no alcanza con producir leche sin más, o que el tambo sea sencillamente rentable y a otra cosa. Su visión del negocio exige además, que la unidad productiva sea sustentable y lo más amigable posible con el medioambiente. Por eso desde un comienzo, cuando su padre le dijo que, una vez recibido, él sería quien manejaría el negocio lechero de la empresa, se enfocó seriamente en lograr su propósito sin que ello implique una loca aventura financiera.

Como buen Ingeniero, puso los números sobre la mesa, consultó a la experta del INTA en la materia, Carina García, para pedirle asesoramiento, calculó y proyectó los escenarios, hasta convencerse de que los 20.000 dólares que significaba la inversión podían amortizarse con la generación de energía y fertilizantes en sólo dos años.

“La característica principal de esto, más allá de la parte productiva, es que nosotros decidimos darle una vuelta de tuerca al manejo de efluentes y así llegamos a instalar el primer biodigestor en el 2019, sabiendo que la gestión integral del sistema nos pediría un segundo biodigestor al cabo de unos años de crecimiento; y así es que el mes pasado logramos instalar el que faltaba”, explicó Joaquín durante nuestra visita.

“Con el efluente producimos un fertilizante biológico que se llama “biol” y además producimos biogás, con el cual calentamos la leche de los terneros en el tambo. Pero lo importante es lo que vamos a hacer en los próximos meses, porque ya tenemos presentado un proyecto a Nación para poder instalar el grupo electrógeno alimentado a biogás y comenzar a producir la energía eléctrica del sistema e inyectarla a la red. Sólo resta una aprobación técnica y podremos empezar a hacer la instalación”, contó entusiasmado el joven emprendedor.

“Nosotros en mi familia siempre creímos que teníamos que ser amigables con el medioambiente; veíamos que los efluentes acumulados contaminaban y por eso decidimos hacer un manejo de este tipo”, confesó Joaquín. “Evaluamos distintas opciones y esta nos pareció la más interesante ya que se hacía un recupero de nutrientes y teníamos un subproducto como el biogás en cantidad y calidad, cuyo valor hace que la inversión se amortizara rápidamente”, argumentó.

Si bien hay toda una ingeniería detrás del proceso, parece sencillo como lo describe Joaquín: “Se junta el efluente en el corral de espera, pasa por una bomba, ingresa a una cámara y de allí se distribuye a un biodigestor y luego al otro. Desde que el efluente ingresa tiene que cumplir un tiempo de retención de 35 días para que las bacterias puedan hacer su trabajo, se alimentan de la materia orgánica y por defecto liberan metano, que es el que nos interesa. Cumplido este tiempo se hace la salida del material sólido por la parte posterior donde se acumula en una laguna impermeabilizada. Ese producto es el biol, una materia orgánica estabilizada. Con una estercolera lo distribuimos en los lotes. Por el otro lado, viene una línea de gas sin presión hasta el tambo. Lo filtramos primero para sacarle el ácido sulfhídrico, después lo comprimimos adentro de una chanchita de gas y ahí con una cañería de gas tradicional se lleva hasta la instalación del tambo para poder utilizarlo”.

El emotivo reencuentro
Esta semana sucedió el ansiado reencuentro entre Joaquín y Martín, en ocasión de la jornada técnica que el INTA Rafaela organizó en “La Otilia” para mostrar el sistema de producción de los Alquati como ejemplo de sustentabilidad. Joaquín no sabía que su compañero de Facultad e inspirador del proyecto vendría a la jornada, por lo que la sorpresa fue total y muy emotiva para ambos. “Hoy verlo funcionando acá en directo me pone muy contento, porque en lo personal lo sentí como un desafío, ya que hubo fuertes oposiciones en su momento hacia mi enfoque y yo sabía que esas observaciones que me hacían no tenían sustento”, admite Martín Rostagno.

“Siempre creí que el manejo de efluentes es una problemática que se encuadra en el manejo ambiental, no sólo para los que producen hoy sino para las generaciones que vienen. Y ahora que estuve tres años afuera viendo tambos en Nueva Zelanda, veo que las regulaciones ambientales se endurecen con cada año que pasa, especialmente en los países líderes en lechería, mientras que aquí todavía hay mucho por hacer. Por eso, gracias a los proyectos como estos, en los que apostó decididamente Joaquín, hay cada vez más productores listos para afrontar las futuras regulaciones que van a venir. En el mundo se castiga con severas multas a quienes no hacen un buen manejo de los efluentes y es la propia población junto con el mercado, los que están exigiendo cambios profundos en este tema”, reflexionó el joven mentor.

Por su parte Joaquín sostiene que más allá del rédito económico que se persigue con estas inversiones, hay un valor intrínseco que es la fertilidad de los suelos, “recuperamos sobre todo materia orgánica que es difícil de conseguir en esta zona; creemos que el recurso más valioso y escaso es el suelo, así que queremos cuidarlo y sabemos que nos vamos a quedar acá por mucho tiempo y necesitamos mantener los niveles productivos y ambientales”.

Economía circular
Desde el INTA explican que “los sistemas de producción son sustentables cuando logran satisfacer las necesidades actuales y de las generaciones futuras, respetando el medioambiente, siendo socialmente aceptados y económicamente rentables”. Esta definición involucra un abordaje desde distintas dimensiones, que contemplen aspectos productivos y económicos, ecológicos ambientales y socio culturales.

Para este caso particular, a fin de comprender sencillamente cómo aplica el concepto de “economía circular”, basta decir que “la vaca produce leche porque se alimenta de lo que se produce en el campo; el estiércol que se recolecta en el tambo alimenta un biodigestor que a su vez produce energía (biogás y eléctrica) para la estructura del tambo, y fertilizantes (biol) para los cultivos del campo”. El círculo se retroalimenta constantemente y a medida que la escala productiva crece, también va generando más recursos disponibles que reducen la contaminación y amortiguan el impacto ambiental.

El tambo de los Alquati fue el primero en Santa Fe en contar con este sistema de biodigestor autosuficiente instalado y funcionando con el propósito de retroalimentar la red de energía. Su exitosa experiencia motivó la colocación de otros dos biodigestores en tambos de Ramona y Tacural.

FUENTE: Agroclave.