El ecosistema del Delta del Paraná está en peligro. Y no solo por los recurrentes incendios que se generan en zonas de islas (las quemas vienen desde hace años, pero la Justicia federal aún no pudo determinar quiénes son los responsables), sino por la contaminación que producen las propias ciudades. El fuego y el humo, pero también el agua. Y más aún ahora con la profunda y prolongada bajante del río. Rosario no puede seguir apretando el botón del inodoro y desentenderse. A esta altura del siglo XXI es insostenible desde el punto de vista de los paradigmas y estándares de calidad ambiental que esta ciudad y las localidades de su conurbano –donde habita 1,4 millón de personas- sigan vertiendo al río Paraná todos sus líquidos cloacales crudos sin ningún tipo de depuración. Allá lejos por 1900 se hacía de esa manera. Hoy, 121 años después, se mantiene este arcaico sistema. En ese lapso la población se multiplicó por diez, y los desechos orgánicos aún más. Se calcula que en la actualidad unos 345 millones de litros diarios de líquidos cloacales van directamente al Paraná desde los inodoros, bachas y rejillas de cada uno de los inmuebles de Rosario. Como si cada 24 horas se volcaran en el río 106 piletas olímpicas de estos desechos crudos. Las autoridades de Aguas Santafesinas vienen insistiendo en las últimas décadas que el Paraná es tan caudaloso que tiene la capacidad para autodepurarse. Igualmente, admiten que “no es correcto” volcar los efluentes cloacales sin tratamiento al río. “La actual gestión de la empresa tiene la decisión de avanzar en la construcción de plantas de depuración”, afirman. La fórmula de higienizar los hogares y las ciudades a costa de tirar la mugre al río no cierra desde el punto de vista del impacto ambiental. Algo huele mal.

El poeta y novelista francés Víctor Hugo (1802-1885) sostenía que “la historia de las ciudades se refleja en sus cloacas”. “París arroja anualmente veinticinco millones al agua. Y no hablamos en estilo metafórico. ¿Cómo y de qué manera? Día y noche. ¿Con qué objeto? Con ninguno ¿Con qué idea? Sin pensar en ello. ¿Para qué? Para nada. ¿Por medio de qué órgano? Por medio de su intestino. ¿Y cuál es su intestino? La cloaca”, escribió en su novela “Los miserables”, una obra que se publicó en 1862.

Rosario también tiene debajo de sí otra Rosario. Una Rosario con una red de cañerías que transportan líquidos cloacales. Estos efluentes son, técnicamente, las aguas servidas con desechos orgánicos.

Pero, ¿dónde los vuelca Rosario? ¿Y el resto de las localidades que están en la ribera del Paraná? Todas los depositan directamente y en crudo en las aguas del río, y así se va comprometiendo la capacidad de éste para diluirlos.

Las principales fuentes de contaminación del Paraná son los efluentes cloacales, los de desechos industriales y el esparcimiento de agroquímicos de las actividades agropecuarias, que por las lluvias van escurriendo hacia las zonas más bajas hasta llegar al cauce el río.

Desde principios de 1900, cuando se empezó a prestar el servicio de agua potable y cloacas en Rosario, los desechos que van por sus cañerías terminan en el río sin ningún tratamiento. La población de la ciudad y su conurbano creció de 112 mil habitantes al actual 1,4 millón. El maltrato al río continúa, pero con mayor intensidad.

La histórica y prolongada bajante que sufre en la actualidad el Paraná puso en emergencia a todas las poblaciones que hay en su ribera. Es que está amenazando la provisión de agua potable y afectando los ecosistemas de la región. Pero también al haber menos caudal disminuye la capacidad del río para degradar la materia orgánica, es decir los efluentes cloacales. En situación normal, el Paraná frente a Rosario transporta por segundo 14.000 m3 (o sea, 14 millones de litros). Hoy con la bajante se redujo a la mitad: 7.000 metros cúbicos.

La secretaria de Ambiente de la provincia de Entre Ríos, Daniela García, advirtió el miércoles pasado que por el escaso caudal del Paraná “se verá muy comprometida la capacidad” del río para “diluir los efluentes cloacales que se vuelcan sin tratamiento al mismo” (ver acá).

“En el caso de Rosario no es así. El ancho del río frente a la ciudad de Paraná no es el mismo que en Rosario, la diferencia de caudal es importante. Por eso no creemos que esté comprometida la capacidad de dilución de los líquidos cloacales. Además, estos se vierten por debajo de la toma de la planta de agua potable (ubicada a la altura de Juan José Paso)”, afirma Guillermo Lanfranco, gerente de Relaciones Institucionales de Aguas Santafesinas.

Aguas insiste en que esto no representa un riesgo de contaminación frente al gran caudal del Paraná. Pero ese “gran caudal”, con la profunda y prolongada bajante, ya no lo es tanto.

El 30 de noviembre pasado se encendió una luz de alerta con la aparición de “aguas verdes” a la altura de Rosario. La floración provocada por cianobacterias tiñó las aguas en la zona de la caleta del club Remeros Alberdi y en el banquito San Andrés. Este fenómeno se produce por el agua estancada y la contaminación de los desechos orgánicos e industriales que van a parar al río. Aguas garantizó en ese momento que no implicaba riesgos en las tomas de captación de su planta potabilizadora. El viceministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, Sergio Federovitsky, no minimizó el tema: “Estas bacterias son un indicador de la contaminación del río, que a esta altura se evidencian más por el bajo nivel del caudal. Porque la posibilidad de reproducción de estas bacterias está sujeta a efluentes cloacales, desechos industriales y fertilizantes”.

El 85% de Rosario cuenta en la actualidad con el servicio de cloacas. Esta red vierte de manera cruda sus desechos en dos lugares del río frente a la ciudad: el emisario 9 lo hace a la altura de avenida Francia (frente a la escultura del Barquito de Papel) y el emisario sur en la zona de acceso sur y Gutiérrez.

¿Cuántos metros cúbicos de efluentes cloacales crudos descarga Rosario por día al río? “La planta potabilizadora toma del Paraná siete metros cúbicos de agua por segundo y los volcamientos de líquidos cloacales son de cuatro metros cúbicos por segundo”, precisa Lanfranco.

Desde hace más de una década los sucesivos gobiernos provinciales vienen prometiendo la construcción en Rosario y la región de plantas depuradoras de los efluentes cloacales, pero hasta ahora todo quedó en eso: promesas.

“Esto de verter líquidos cloacales crudos al río se enmarca en los paradigmas del siglo XX, pero los del siglo XXI son totalmente otros”, admite el gerente Institucional de Aguas. Y señala que ya en “la primera reunión de esta gestión que se realizó el 19 de diciembre de 2019 se fijó como uno de los ejes principales avanzar en los proyectos para construir plantas de tratamiento de efluentes cloacales. Todas las ciudades de la provincia donde presta servicios Aguas Santafesinas y que no están en la ribera del Paraná ya las tienen. No es el caso de Rosario y su conurbano, Santa Fe y Reconquista”.

Lanfranco aclara que las plantas de depuración “requieren de proyectos de ingeniería muy complejos” y demandan una fuerte inversión de recursos. “Esta gestión busca empezar a resolver el tema. La iniciativa que está más avanzada es la de Reconquista con posibilidad concreta de licitarse próximamente”, añade.

En Rosario está más atrasado porque si bien hubo promesas nunca se hicieron los proyectos técnicos. Serían dos plantas de tratamiento de líquidos cloacales, una para el emisario 9 y otra para el emisario sur. “El que tiene más facilidad técnica es el de emisario sur. Ya se le envió hace unos días al Enapro una nota pidiendo la reserva de uso de suelo en la zona portuaria de acceso sur y Gutiérrez para instalar allí la futura planta. Y se está trabajando con una consultora para hacer el proyecto”, subraya el gerente de Aguas.

El caso del emisario 9 es más complejo porque no está claro cuál sería la ubicación de la planta teniendo en cuenta que vuelca los desechos orgánicos en pleno Puerto Norte (¿se instalarán piletones para depurar líquidos cloacales en el corazón del barrio top de Rosario?).

Y hay planificada una tercera planta depuradora para las localidades del norte de Rosario (San Lorenzo, Puerto San Martín, Capitán Bermúdez y Fray Luis Beltrán). Esta ya tiene desde 2014 estudios de factibilidad entregados por el Consejo Federal de Inversiones (CFI). Y en enero de 2019 se presentó el proyecto ejecutivo para construirla. Se estima que demandaría una inversión de 36 millones de dólares (ver acá y acá). Las autoridades de Aguas entienden que los fondos para levantar estas plantas deberían provenir de Nación. Más precisamente del Enohsa (Ente Nacional de Obras Hídricas de Saneamiento), que hoy ya está solventando en la provincia de Santa Fe obras de redes de agua potable y cloacas por un total de 1.500 millones de pesos. Y además está realizando en la ciudad de Córdoba la ampliación de su planta depuradora de líquidos cloacales.

Dotar de esta infraestructura a Rosario y su región disminuiría sustancialmente el impacto ambiental de los desechos cloacales en el Paraná. El paradigma que se debería perseguir es que el agua que se le extrae al río debe devolvérsela con la misma o superior calidad.

Rosario tiene una tremenda deuda con el Paraná, su principal recurso natural y paisajístico. Ya es hora de saldarla.

Fuente: Diario La Capital.