¿Llegó el momento de revertir el proceso de superpoblación de las grandes ciudades? ¿La pandemia fue el punto de inflexión para frenar lo que parecía irreversible? Cada semana, tres millones de personas alrededor del mundo migraban hacia las ciudades en búsqueda de oportunidades laborales y de un futuro mejor, algo que rápidamente se revelaba como casi irrealizable para las mayorías. Hoy, tras varios meses de crisis pandémica, empieza a vislumbrarse un cambio de tendencia: encuestas que dicen que la mitad de los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires estaría dispuesta a mudarse a pequeñas localidades, inmobiliarias que reciben un aluvión de consultas por propiedades y terrenos en el interior.

Como suele suceder a lo largo de la historia de la humanidad, las grandes crisis generan cambios profundos. Muchas organizaciones sociales y ambientales venían advirtiendo sobre la necesidad de descomprimir las ciudades y, en este contexto, la búsqueda de una vida mejor, más apacible, en contacto con la naturaleza y una mayor disposición del tiempo, es un imperativo que comienza a percibirse como una posibilidad para millones de personas.

En la Argentina, la situación es particularmente compleja, ya que está en el tope del ranking de los países más urbanizados del mundo, a pesar de ser el octavo más grande en territorio. En nuestro país, el 92% de la población vive en ciudades, mientras el promedio mundial es de 55%. Según la ONU, las ciudades consumen el 80% de la energía global, generan el 60% de las emisiones de gases de efecto invernadero y el 70% de los residuos globales.

Un informe del Observatorio Gente en Movimiento advirtió que uno de cada dos porteños no quiere vivir más en la Ciudad. El relevamiento incluyó una pregunta sobre el deseo de los habitantes de la Ciudad de migrar hacia lugares con mejor calidad de vida, a lo que el 50 % de las personas consultadas respondió que “si pudiera se iría a otra ciudad”. Uno de los principales conflictos que devela el informe es la escasez de espacios verdes, y la fuerte desigualdad en su distribución. Las inmobiliarias cordobesas, por citar otro ejemplo, informaron que en las últimas semanas se incrementaron de manera exponencial las consultas, pedidos de alquiler y también las compras de terrenos y casas por parte de personas oriundas de la Capital Federal.

“Nos estamos deshumanizando en las ciudades”, dijo Cintia Jaime, directora de Es Vicis, una fundación dedicada a repoblar pequeñas localidades, en una entrevista con Somos Arraigo. “Es algo que está pasando en todo el mundo, empezó antes de la pandemia, quizá ahora más. Hay mucha gente con ganas de irse de las ciudades”, explicó. Jaime apuntó, también, que es muy importante planificar el desembarco re-migratorio para lograr una migración sustentable, algo que desde la fundación trabajan fuertemente y que lograron plasmar en una prueba piloto en Colonia Belgrano, provincia de Santa Fe.

El éxodo de la ciudad al campo no es un fenómeno que se está registrando sólo en la Argentina. En ciudades emblema como Nueva York también hay cientos de miles de personas que planifican su retirada. Así lo consignó el diario New York Times, que se preguntó: “¿Nueva York todavía lo vale?”, en relación a los altos costos de vivir en una gran ciudad, los problemas de movilidad y los inconvenientes que genera la masificación. Courier International, una publicación francesa, divulgó otra una encuesta que indica que el 54% de los parisinos estaría dispuesto a irse de la bella París.

¿Qué ha sucedido? ¿Las personas tuvieron una suerte de revelación divina? Nada por el estilo. Simplemente, la pandemia puso de manifiesto los límites de la vida en las grandes urbes, la desconexión con la naturaleza, el consumo desenfrenado, la violencia, la marginalidad. En paralelo, la consolidación del home office, el difundido acceso a internet en las pequeñas localidades, y la posibilidad de generar emprendimientos a distancia -sea de bienes o servicios-, se conjugaron en el momento perfecto.

Para muchas personas, el imperativo de dejar la ciudad, con sus luces y carreras, promesas de éxito y supuesto crecimiento, fue algo que los empujó a instalarse en pequeñas ciudades o pueblos justo antes de que se llegara a este punto. Una decisión que hoy, con la perspectiva del tiempo, cobra real dimensión. Somos Arraigo tiene como misión recolectar esas historias, de personas como Agustina Murillo, quien dejó Buenos Aires para instalarse en San Antonio de Areco, donde montó su propio local y taller de confección de ropa. “Cada vez que pensábamos en tener un hijo nos negábamos a que se criara en un departamento. Lo mejor de vivir en un pueblo es la calidad de vida. Desde poder estar en silencio, que Vera pueda dormir siestas sin que un bocinazo de un colectivo la despierte o poder disfrutar de la naturaleza”, contó para nuestra serie Somos Historias, que podés seguir en Instagram.