La bajante del río Paraná es la más importante de la historia. Rosario tiene mediciones hidrométricas desde finales del siglo XIX y es posible que esta bajante supere la marca histórica registrada en 1944. El Sistema de Alerta Hidrológico de la Cuenca del Plata del Instituto Nacional del Agua (INA) informa que “prevalece una tendencia descendente en todas las secciones del río Paraná en territorio argentino. Continuará predominando en los próximos tres meses. Este mes es especialmente crítico, con afectación a todos los usos del recurso hídrico, exigiendo especialmente a la captación de agua fluvial para consumo urbano”.

Esta bajante se enmarca en el contexto del cambio y de la crisis climática, cuya expresión más evidente es el incremento de los eventos extremos en todo el mundo. Es, por un lado, la consecuencia de una sequía generalizada en la región que se inició hace dos años y el resultado de un modelo de desarrollo extractivista caracterizado por la destrucción de la naturaleza y de nuestros bienes comunes y de una inadecuada planificación de los ordenamientos territoriales y de los usos del suelo.

El río Paraná recorre Brasil, Paraguay y la Argentina a lo largo de sus casi 5.000 kilómetros. La lluvia que lo hace caudaloso es el resultado de un fenómeno único que el referente del Foro Ecologista de Paraná, Daniel Verzeñassi, denomina “los ríos voladores de la Amazonía”: procesos extensos de evaporación y precipitación en el bosque que crean zonas de baja presión que atraen constantemente al aire húmedo del océano. Este proceso se ve limitado como consecuencia de los millones de hectáreas de bosques depredados en la región en las últimas décadas. Según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), en el primer tramo del siglo XXI Brasil ha perdido hasta 30 millones de hectáreas, que es el 8% de sus bosques y selvas de la Amazonía, y el Pantanal Paraguay, según el Global Forest Watch (GFW), perdió 6 millones de hectáreas en los últimos 20 años. En un lapso similar, la Argentina perdió el doble: unos 14 millones de hectáreas con epicentro en cuatro provincias (Salta, Formosa, Santiago del Estero y Chaco).

La cuenca del Paraná ha experimentado cambios radicales en los usos del suelo: deforestación, cambios de prácticas agrícolas, navegación fluvial intensiva que genera el sobredragado del río, alterando su morfología y equilibrio natural, ocupación de humedales y llanuras de inundación. Las consecuencias de estas acciones extractivas son los cambios en el comportamiento hidrológico: crecidas y sequías más intensas y persistentes.

Los especialistas no esperan que en los próximos meses puedan recuperarse los niveles normales del río, ya que serían necesarias lluvias superiores a los valores normales para restituir, en primer lugar, la humedad del suelo y luego, los niveles del río.

Esta situación tiene comprometida la navegación fluvial, dado que existen puertos que no pueden operar normalmente. A su vez, impacta en el conjunto de la actividad económica, afecta la biodiversidad del río y pone en riesgo las tomas para abastecimiento de agua potable de numerosas localidades a lo largo del Paraná.

El fracaso de las mega-obras
Este escenario pone en evidencia, además, el fracaso del paradigma de desarrollo de infraestructura basado en sistemas centralizados de mega-obras que generan, en el caso de los sistemas de agua potable, importantes trasvasamientos de cuencas y desequilibrios hídricos y que presentan elevada vulnerabilidad, ya que el colapso de la obra de toma o fuente genera el colapso completo del sistema, dejando a millones de usuarios sin acceso al agua potable.

Este modelo hegemónico de desarrollo y gestión de infraestructura basado en diseños centralizados de mega-obras de conducción es la respuesta de una técnica patriarcal que se impone sin contexto en los territorios. Un modelo fuera de toda escala humana, de elevada vulnerabilidad y que, además, requiere de tiempos de ejecución y presupuestos millonarios que no son compatibles con las necesidades urgentes de las comunidades para acceder al agua potable.

Según informa Roberto Bellato, la situación ha puesto en alerta a distintas plantas de generación de energía en el país. Yacyretá opera al 50% de su capacidad. Según el reporte hidrológico de esa represa, el mes de junio resultó el segundo valor de caudal medio mensual más bajo de los últimos 120 años, luego del registrado en mayo de 1914.

Por la baja del río, también existen problemas operativos en centrales térmicas como Vuelta de Obligado, San Martín y San Nicolás. La Central Termoeléctrica de Vuelta de Obligado de 250 MW, en la localidad de Timbúes, en Santa Fe, es la planta que tiene más riesgo de perder generación si el caudal del Paraná continúa bajando. Por su parte, la operación de las centrales nucleares Atucha I y II, instaladas en el partido de Zárate (Buenos Aires) podría complicarse si persiste la caída del río. De hecho, se contrató una draga para garantizar la disponibilidad del agua.

La emergencia hídrica es sólo el primer paso
Es inminente la declaración de emergencia hídrica por la bajante del Paraná para destinar 1.000 millones de pesos de inversión a fin de garantizar el funcionamiento de la cuenca en términos de agua potable, navegación y residuos peligrosos.

Pero más allá de las medidas de extrema emergencia que deben adoptarse, la bajante del Paraná nos interpela a discutir nuevos paradigmas de infraestructura basados en la democratización de la técnica desde una perspectiva a escala humana, comunitaria, ambiental y feminista. A su vez, nos llama a cambiar este modelo de mal llamado desarrollo por alternativas que abandonen el extractivismo y los valores de crecimiento y progreso que no tienen consideración por los ecosistemas, en un mundo que ya no soporta los niveles de explotación actuales.

Fuente: Maria Eva Koutsovitis, Ingeniera Hidráulica