A partir de un estudio de suelos realizado en Santa Fe, un grupo de investigadores de las facultades de Bioquímica y Ciencias Biológicas (FBCB) e Ingeniería Química (FIQ), de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), en la Argentina, junto con colegas de la Facultad de Ciencias Ambientales y Bioquímica de la Universidad Castilla-La Mancha (UCLM) en Toledo, España, comprobaron que la actividad enzimática en cultivos intensivos de arroz y soja resultó ser muy inferior que en tierras no cultivadas.

Las enzimas están presentes en el suelo a través de microorganismos y se vinculan con la fertilidad de la tierra, ya que, por ejemplo, si se aplica algún fertilizante como urea en una plantación, si no está la enzima que la desdobla los nutrientes no quedan disponibles para que las plantas vuelvan a metabolizarlos. Por eso, la actividad enzimática de los suelos suele tomarse como un indicador de contaminación. En la última década, se ha incrementado su estudio para evaluar el impacto de las aplicaciones de herbicidas y pesticidas en la actividad agrícola, ya que ayudan a conocer, por ejemplo, la actividad microbiana y el ciclo de nutrientes.

El estudio se basó en la toma de muestras de suelo de campos cultivados de manera intensiva, uno con soja y otro con arroz, en el departamento de San Javier, en Santa Fe, y cuantificaron los cambios de la actividad enzimática al inicio y al final de cada ciclo de cosecha, para medir la calidad de los suelos. Al comparar los resultados con un sitio de referencia (que en este caso fue un suelo sin cultivar), detectaron que en los campos cultivados, la denominada actividad catalítica de todas las enzimas fue inferior.

Los investigadores detectaron que en el campo de soja la actividad enzimática disminuyó entre un 27,5% y un 53% al inicio del ciclo de cosecha, mientras que al final de ese ciclo solo permanecieron inferiores los valores de las enzimas fosfatasa, β-glucosidasa y carboxylesterasa (en un 70,3%, 29,44% y 45,79%, respectivamente).
“Siempre pensé que podía haber diferencias, pero nunca tan marcadas”, dice Andrés Attademo, investigador del Laboratorio de Ecotoxicología de la FBCB-UNL y uno de los autores de este estudio, que acaba de ser publicado en la revista científica Whater, Air, & Soil, y detalla que -junto a sus colegas del laboratorio Paola Peltzer y Rafael Lajmanovich- tomaron las muestras al inicio y al final de los ciclos de cultivo del período 2018/2019, justo antes de que comenzara la pandemia, e hicieron el análisis durante el 2020. Por otro lado, las determinaciones de las muestras y el análisis estadístico, lo desarrollaron en colaboración con el investigador Juan Carlos Sánchez Hernández, del Laboratorio de Ecotoxicología de la Facultad de Ciencias Ambientales y Bioquímica de la UCLM.

Específicamente, detectaron que en el campo de soja, la actividad enzimática disminuyó entre un 27,5% y un 53% al inicio del ciclo de cosecha, mientras que al final de ese ciclo solo permanecieron inferiores los valores de las enzimas fosfatasa, β-glucosidasa y carboxylesterasa (en un 70,3%, 29,44% y 45,79%, respectivamente). En los cultivos de arroz, en cambio, tanto al inicio como al fin del ciclo de cultivo, los valores fueron inferiores con respecto al sitio de referencia.

Además, los investigadores buscaron residuos de más de un centenar de pesticidas en el suelo –en colaboración con María Rosa Reppetti, del laboratorio PRINARC, de la FIQ-UNL-, de los cuales encontraron presencia de al menos cinco de ellos. Específicamente, al inicio y al fin del ciclo de los cultivos de soja encontraron residuos de azoxistrobina, carbendacima, glilfosato y sus metabolitos AMPA; mientras que en los campos de arroz detectaron azoxistrobina, glifosato y AMPA, al inicio del ciclo de cultivo, y al final, carbendacima, carboxina y tebuconazol.

“Que no hayamos encontrado otros no quiere decir que no se hayan aplicado. Muchos compuestos que se sabe que se utilizan, como los órganofosforados y piretroides, tipo clorpirifos o cipermetrina, es posible que no los hayamos detectado porque en los puntos que tomamos de muestreo el producto ya se había degradado”, aclara Attademo, que es doctor en Ciencias Biológicas especializado en Bioecología, y advierte que, además, la falta de actividad enzimática puede deberse a otros factores como la quema de pastizales, la presencia de metales pesados o las inundaciones necesarias para los cultivos de arroz. Por eso, considera que este trabajo puede funcionar como un punto de partida para analizar y buscar nuevos modos de que estos agroecosistemas incrementen la actividad enzimática. “He leído trabajos sobre restauración de suelos que utilizan materia orgánica y otros adicionales para que estas enzimas vuelvan a recuperarse y estén presentes”, ejemplifica.

“Es claro que los suelos utilizados por la agricultura intensiva, sobre todo de cultivos transgénicos, están padeciendo un proceso de degradación y contaminación, tal vez irreversible, por las enorme cantidad de agrotóxicos que se utilizan y que año a año se van acumulando, contaminando también el agua y los alimentos, y poniendo en peligro la biodiversidad y a las poblaciones humanas”, advierte el investigador Rafael Lajmanovich, del Laboratorio de Ecotoxicología de la FBCB-UNL y otro de los autores de este trabajo, que se suma a las investigaciones desarrolladas por científicos y científicas argentinas que siguen aportando evidencias de los impactos del modelo productivo en la salud humana y ambiental.

La agroecología como camino

En el Laboratorio de Ecotoxicología de la FBCB-UNL, de referencia internacional, no solo investigan sobre el impacto del modelo agroindustrial en la salud humana y ambiental, también estudian las características y ventajas de las producciones agroecológicas. El año pasado, por ejemplo, junto a colegas del Instituto Nacional de Limnología de la misma UNL, publicaron un estudio sobre el comportamiento de aves y demostraron que la biodiversidad favorece a los cultivos de arroz agroecológico, en comparación con aquellos en los que se utilizan agroquímicos.

En cuanto a la actividad enzimática en suelos, “si bien no se incluyó en el presente trabajo, contamos con datos de cultivos agroecológicos de la misma región, adonde no se encontraron residuos de pesticidas y los valores de actividad enzimáticas del suelo son casi normales, por el efecto de las plantaciones”, afirma Lajmanovich, y destaca que “para conservar la fertilidad de los suelos y no contaminarlos, la agroecología es el único método verdaderamente sustentable”.

Al respecto, Attademo coincide y agrega que esos datos surgen de un análisis similar que hicieron sobre la actividad enzimática de los suelos de una arrocera agroecológica de la misma zona, con la cual colaboran desde hace años como parte de un proyecto orientado, de ayuda y acompañamiento a pequeños productores, denominado “Importancia de los bordes de campo de arroz orgánico en el rol de los vertebrados en el control biológico de plagas”, financiado el programa Curso de Acción para la Investigación y Desarrollo (CAI+D), de la UNL. “Este año no pudieron sembrar porque el río Paraná está muy bajo y les resultaba muy costoso llevar agua desde más lejos”, lamenta el investigador y destaca que, en este sentido, no se trata solamente del uso de agroquímicos, sino del modo de producción en sí mismo.

“Es necesario medir otras enzimas, ver cómo van evolucionando a lo largo del año y si se alcanzan a recuperar en el período que queda el campo sin cultivar. Hay varias cuestiones para analizar y ver cómo hacer para que la actividad enzimática sea más elevada durante la próxima temporada”, sugiere Attademo, y refiere que hay experiencias valiosas en otras partes del mundo que utilizan materia orgánica, por ejemplo, o cultivos de cianobacterias que luego se riegan sobre los campos u otros mecanismos que evitan el uso de agroquímicos y fertilizantes, “no solo por una cuestión de ser amigables con el ambiente, sino también de costos”.

A nivel local, también existen experiencias agroecológicas que de a poco se van incrementando, y en los últimos años también han comenzado a aparecer evidencias que revelan las ventajas de este modo de producción. En el programa radial El Avispero, el ingeniero agrónomo Eduardo Cerdá, creador de la Red de Municipios y comunidades que fomentan la Agroecología (RENAMA) y flamante director nacional de Agroecología en el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, detalló que hay más de 100.000 hectáreas de producción agroecológica extensiva en la Argentina. Solo considerando los 35 municipios que integran la RENAMA, se contabilizan más de 300 productores y 140 agricultores que hacen alguna producción agroecológica, a los que se suman 50 cátedras libres de soberanía alimentaria en distintas universidades y más 12.000 trabajos científicos sobre Agroecología.

El mes pasado se presentó un proyecto de ley nacional para fomentar la agroecología, que se viene elaborando desde hace tiempo desde el Ministerio de Ciencia y Técnica (MINCYT), la Secretaría de Agricultura Familiar, Campesina e Indígena (SAFCI) y la Dirección Nacional de Agroecología, con la participación de las organizaciones del sector, que “busca impulsar el desarrollo de la agroecología a escala nacional, como una alternativa a la producción convencional”, tal como indica el comunicado oficial al respecto.

Por el contrario, representantes de los agronegocios se mostraron incómodos con la idea de discutir el actual modelo productivo. A principios de esta semana, después de que se conocieran los ejes epistemológicos para el proceso de formación en temas ambientales obligatorio para funcionarios públicos, previsto por la Ley Yolanda, el Consejo Agroindustrial Argentino (CAA) emitió un comunicado según el cual considera que esa capacitación “no debería ser un espacio de replanteo para desarrollar ‘caminos alternativos’, sino un espacio de formación en el que se transmitan los conceptos fundamentales sobre los cuales está basado el diálogo internacional para atender los desafíos ambientales que son también globales”.

Fuente: UNSAM