Cuando la histórica Primera Hilandería y Tejeduría jujeña cerró sus puertas en 2012, parecía ser el fin del sueño iniciado en 1922, el año en que llegaron las máquinas encargadas a Bélgica por el gobierno de Jujuy, con el expreso objetivo de “erradicar la pobreza de la puna”. Habían sido nueve décadas por las que desfilaron sueños truncados y una larga hilera de dueños, sin encontrar un eje que uniera la producción de materia prima (la lana de llama y oveja, abundantes en la zona) con la mano de obra industrial, que le diera valor agregado. En ese momento, los caminos de un grupo de jóvenes emprendedores norteños (Juan Collado y Gastón Arostegui, entre otros empresarios) y de Rosario Quispe -fundadora de la Asociación Warmi Sayajsungo (mujeres perseverantes, en quechua)- se cruzaron para revivir aquel sueño de desarrollar la región, al que le sumaron una dosis de triple impacto: comercio justo, consumo responsable y cuidado del ambiente.

“Somos unos bichos raros, en muchos sentidos”, dice Gastón, desde Jujuy, embebido en reflexiones que surgieron a lo largo del proceso de recuperación de la empresa, iniciado hacia fines de 2013, y que los encuentra hoy -pandemia mediante- en un momento de maduración de las ideas que hay detrás de Hilandería Warmi. “Desde la génesis hubo una propuesta de pensar nuevos modelos, una nueva forma de hacer negocios”, asegura.

La sociedad con Warmi Sayajsunqo fue la clave para entrar en contacto y en confianza con más de 80 comunidades andinas de la región y más de 2500 familias productoras. Actualmente, unos 600 productores de lana de llama y oveja, dispersos entre las inmensidades de la cordillera, aportan la materia prima que se procesa en la planta de la hilandería; luego, la lana procesada es llevada al área de tejido, donde se confeccionan las prendas de manera semi-artesanal, ya que las terminaciones se hacen a mano. El resultado es un producto hecho 100% con fibras naturales, sin obsolescencia programada. “Hacemos mantas para toda la vida. Esto lo podemos validar por los casi 100 años de historia, los productos se pasan de generación en generación, hay mantas que ya tienen tres generaciones”, cuenta.

La conjunción de una mirada empresarial diferente junto al aporte social y cultural de la puna jujeña conforman el adn del modelo de negocios de Hilandería Warmi. Gastón evalúa que esa es la principal diferencia que permitió el crecimiento y consolidación del negocio. “Cuando encargaron las máquinas a Bélgica, tardaron cuatro años en llegar a Abra Pampa, desembalaron y en los manuales decía que había que enchufarlas y conectarles el agua. No había ni luz ni agua, entonces las máquinas estuvieron 30 años sin usarse”, revela. “En la década del 50 hubo una iniciativa privada junto al Estado para llevar las máquinas a San Salvador, para poner a funcionar la planta”, sigue. Se creó la Primera Hilandería Jujeña. Era un consorcio público-privado, que durante 20 años funcionó muy bien. A mediados del 70, la empresa quedó en manos privada. “Desde entonces hasta 1999 pasaron como 10 o 12 propietarios. Se empezaron a dar cuenta de las dificultades y desafíos que tiene la cadena de valor en la provincia”, revela.

“Estamos metiéndonos donde nadie se quiere meter, tenemos las patas en el barro”, dice Gastón al respecto. “Trabajamos con una cadena de valor informal, históricamente vapuleada, nunca se le dio el valor que corresponde a la fibra de llama, entonces el productor nunca le encontró la vuelta. La llama es muy importante para la cultura andina, los viene vistiendo y dándoles de comer hace miles de años. El productor es nuestro foco”, añade.

Lo que estaba roto era el vínculo entre la empresa y los productores. La primera vez que los nuevos dueños de Hilandería Warmi fueron a comprar lana, el kilo valía 7,50 pesos (hoy está 180). “Nosotros sabíamos que era muy poco y entonces ofrecimos comprarlo a 16 pesos, según validación de Rosario Quispe. Llegamos a las comunidades y ofrecimos 16 pesos por kilo, pero los productores no querían vendernos. No confiaban. Era todo muy raro para ellos”, ríe Gastón, quien no duda que uno de los máximos avances de la empresa fue la de reconstruir la confianza con las comunidades. “Es difícil, requiere constancia, y lleva tiempo. Pero hay que insistir”, dice.

El 26 de febrero de 2019 fue un día histórico para Hilandería Warmi y también para la Puna. “Logramos trasladar la mitad del proceso productivo (está separado en dos, la hilandería donde se hace el hilo, la otra es la tejeduría, donde se teje y terminan las prendas), a Abra Pampa, adonde habían llegado las máquinas hace 98 años. Hoy la hilandería funciona en Abra Pampa”, cuenta orgulloso Gastón. Es la primera industria que se instala en el pueblo y por la planta suelen aparecer pequeños curiosos que se asoman para ver qué es lo que está haciendo ruido adentro. En la otra punta de la producción, en Palpalá, donde se confeccionan las prendas que venden por internet, hay una urdidora de madera, la única máquina que está desde el inicio de esta historia.

En Hilandería Warmi son conscientes de que la industria textil está muy cuestionada y que es considerada una de las principales fuentes de contaminación del ambiente. “No se visibilizan los procesos, lo que hay atrás. Nosotros queremos mostrarlo, tenemos mucho para corregir todavía, pero vamos para ese lado. Hay que comprender que esta industria es contaminante porque cuando comprás una remera no sabés de dónde viene el algodón, nada, no tiene trazabilidad. Y en seis meses la tirás porque ya se rompió”, explica.

Para Gastón, en el pos pandemia, los replanteos de negocios textiles van a ser más parecidos a los de Hilandería Warmi: más calidad, materias primas naturales, procesos transparentes y trazabilidad. “El nuevo lujo van a ser las prendas cuyos procesos respeten los tiempos. Siempre el lujo fue el tiempo, lo que pasa es que a nivel de estilo de vida moderno, nos olvidamos”, reflexiona. “Que un producto respete los tiempos de producción… la terminación de nuestros productos es hecha a mano. ¡Y es hecha a mano!”, insiste. “Nosotros lo contamos y lo naturalizamos, no se pueden hacer dos millones de nudos exactamente iguales cuando se hacen a mano. Nosotros comunicamos que eso tiene un valor, respetamos los tiempos y las personas”, dice. “Me imagino que muchas industrias van a repensar sus procesos, su relación con la sociedad y el medio ambiente. Va a ser inevitable, sobre todo a nivel de consumidor se va a dar algo que nosotros deseamos: un consumo más consciente, que respete los recursos y las personas”, agrega.

Desde hace siete años, Hilandería Warmi está en transformación permanente. Una transformación que incluye reglas del nuevo mercado, como la certificación de Empresa B y la comunicación incesante en redes sociales, pero también una profunda interrelación con las Comunidades Andinas. Gastón, que es jujeño, redescubrió su provincia: los paisajes desbocados y la espiritualidad de su gente. “Al principio renegás, cuando tenés que articular con su aparente parsimonia, su tiempo, y te dicen ‘bueno, ya va a bajar el camión’… ¡No! ¡Necesito tejer ya! Después te das cuenta que hay un montón de enseñanzas. Son procesos mucho más lentos, pero mucho más ricos. No tengo dudas”.

Al compromiso social y con el medio ambiente, Hilandería Warmi le sumó, entro otras cosas, la ayuda para impulsar a nuevos emprendedores en Abra Pampa. Hicieron un aporte para construir la sede del primer club, donde brindan capacitaciones. También, inyectaron dinero al sistema de microcréditos por el cual la Asociación Warmi Sayajsunqo fue reconocida internacionalmente. “Todas las utilidades las reinvertimos en la puna y no podemos estar más contentos porque hacemos un producto de la puna, en la puna y por puneños”, cierra.

 


Por Franco Spinetta par Revista Brando