Como todas las mañanas, Marcela se despierta temprano. Va hasta la cocina, se prepara un té y contempla por el ventanal la inmensidad del campo. Allá lejos los caballos pastan iluminados por los primeros rayos de la mañana. Los perros van y vienen entre sus plantas que crecen preciosas en el jardín de invierno. Mientras todo eso sucede, Marcela prepara su día, anota qué pedidos tiene que entregar, cuántos alfajores tiene que producir. Gran parte del día, Marcela piensa qué tiene que cocinar. Se sumerge en la cocina y en ese proceso creativo cocina delicias.

Para algunos, su lugar en el mundo es un determinado país o una playa paradisiaca. Para Marcela es estar en la cocina. Allí se siente feliz. Cuando pudieron construir su casa, a ella no le importaba que el baño tuviera bañadera o que la escalera fuera de madera. Lo único que le interesaba era que la cocina fuera inmensa, con ventanales y, sobre todo, cómoda. Carla, su hija arquitecta, le cumplió el sueño.

Marcela está al frente de Ma-Ma, un emprendimiento que nació en San Antonio de Areco y que cuenta con la habilitación PUPA (Pequeñas Unidades de Producción de Alimentos) para producir unos riquísimos alfajores artesanales.

Ma-Ma nació de casualidad. Marcela y su grupo de amigas se juntaban a comer. Cada una tenía que llevar una tarta o algo para compartir. Aparte de lo salado, Marcela preparó para el postre alfajorcitos de chocolate. Al primer bocado todas quedaron extasiadas. Sus amigas la alentaron a seguir produciendo alfajores. Entre varias recetas llegó a la definitiva: una capa de chocolate (exquisito), el corazón de dulce de leche. Una combinación perfecta: todos los que tuvieron la suerte de probarlos quedaron fascinados.

“Cocino desde que tengo uso de razón. Cuando era muy chiquita mi mamá me compraba las revistas Billiken y Anteojito, en ese entonces venían con recetas de cocina. Yo las hacía. De grande me fui perfeccionando, hice muchos cursos. Sigo sin poder creer que con un huevo y haría puedas hacer 45 preparaciones diferentes”, dice Marcela.

Para Marcela, cocinar es un acto de amor. Los fines de semana prepara las viandas para que sus hijos se lleven a Buenos Aires y piensa cómo agasajarlos con sus comidas preferidas. “Cuando me piden que les cocine estoy feliz de la vida”, dice.

Lila, la abuela de Marcela, era una gran cocinera. Ella hacía ravioles de sesos caseros, scones para la tarde o dulce de zapallo con cal. Lila nunca seguía una receta, sus creaciones eran al tun tún: un poquito de harina, una pizca de sal, una cucharadita de manteca y listo. “Nunca me explicaba cómo eran las recetas, trabajaban a ojo, un poquito de cada cosa”, cuenta.

Marcela hace los alfajores uno por uno. Todo el proceso es artesanal. Se preocupa en elegir la mejor materia prima. Amasa las tapitas, corta una por una, rellena con dulce de leche (a mano), y los baña con un tenedorcito pequeño. “Mi hija y mi marido son los catadores oficiales. Ellos me fueron guiando a la receta final. En el medio hice muchas pruebas, siempre buscando la excelencia. Todos los que probaron los alfajores les encantaron. Cuando cocino estoy en mi mundo”, dice Marcela.